Su llegada, se comprobaría con sangre, había sido una fuente de angustias más que de alegrías. Sólo pesaba un puñado de kilos, pero se había convertido en una carga inmensa aún para quien debería haber encontrado la razón de sus días en sostenerlo.

Tanto que, para poder vivir, lo obligarían a volver de la muerte.

-Papá, papá, había alcanzado a decir.

Tenía sólo dos años.

-Papá, papá, había dicho, mientras la pediatra lo revisaba.

En su cuello, del grosor de una lata de gaseosa, se veía una marca roja, una raya.

-Papá…

En las mejillas y en los párpados tenía petequias, que son pequeñas lesiones que se producen en la piel cuando las venas se rompen por un esfuerzo. Por ejemplo, el de resistir un ahorcamiento.

-Papá, papá, insistía el nene, y se agarraba el cuello, aún en shock.

-¿Él te hizo esto?, le preguntó la médica.

-Papá, papá…

Era el 22 de octubre de 2015 y sólo lo acompañaban sus abuelos, porque mamá Daniela estaba recién muerta y papá Gustavo estaba preso por matarla. Era el final que todos sospechaban desde hacía años, pero que nadie había impedido. Una tragedia que había empezado a escribirse en 2007 en Ranchos, la histórica ciudad ubicada a 85 kilómetros de La Plata, y que aún continúa.

“Jamás aprobé esta relación”, diría Osvaldo, el abuelo del nene que volvió de la muerte. “No la aprobaba porque mi hija Daniela era menor de edad cuando empezaron y esta persona era mayor, casada, con hijos. No era una buena persona, a mi parecer”, explicaría. “Yo vivo en un pueblo chico y esta persona era reconocida porque no le gustaba trabajar, porque tenía otra mujer… Yo conozco a la esposa e hijos…”.

Gustavo Tottino y Daniela Mazzarioli. Tenían tres hijos

El abuelo Osvaldo y su familia habían hecho todo para separar a Daniela de ese hombre que le llevaba casi 20 años. “La relación de él con mi hija fue un poco enfermiza, no solamente teníamos denuncias hechas desde el año 2007, sino que por todos los medios intentamos interrumpir con mi familia la relación, pero no lo conseguimos”, recordaría. “En varias oportunidades mi hija llegaba a mi casa diciendo que él le había pegado. Yo perdí relación con ella porque cuando no pude más, me alejé. Tuvo como 6 mudanzas, más o menos. Él le pegaba, la echaba de la casa con las criaturas y al otro día se arreglaban de nuevo. Debo reconocer que mi propia hija lo buscaba”, indicaría. “Y los chicos… el más grande tiene 11 años y no tenían para comer, entonces venían a comer a casa porque no tenían dinero, el señor renunciaba a los trabajos para no pasar mantenimiento a los otros hijos que ya tenía con otra pareja…”.

El “señor” era Gustavo Adolfo Tottino, alguna vez empleado de la Cooperativa de Electricidad de Ranchos, de 44 años. Cuando la violencia se hizo extrema, el abuelo Osvaldo logró que su hija Daniela lo denunciara por violencia de género en la Comisaría de la Mujer. Pero no fue fácil. “Antes de ir a hacer la denuncia estuvimos dos días dando vueltas porque la hermana de él la llamaba por teléfono diciendo que no la hiciera. Yo la acompañé a mi hija a hacer la denuncia, pero no me permitieron estar en el momento, me hicieron salir”, relataría Osvaldo. “Después pedí entrar y pedí que por favor salvaguardaran la vida de mi hija y de mis nietos porque esta persona tenía una personalidad de psicópata”.

Nadie le llevaría el apunte.

El 22 de octubre de 2015, cerca de las 8 de la mañana, el abuelo Osvaldo y su mujer estaban tomando mate en la cocina de su casa de Ranchos. Una vecina apareció corriendo, golpeó la puerta y empezó a gritar que estaban matando a Daniela. O que la habían matado. O algo igual de aterrador. La pareja salió a toda velocidad a socorrerla, la madre a pie y el padre en auto, aún cuando sólo los separaba una cuadra y media.

Era el horror tan temido.

La madre de Daniela llegó primera y no pudo hacer nada más que llorar. El abuelo Osvaldo se le unió, sin saber qué hacer. Su presión había llegado a 20, por lo que no lo dejaron ingresar a ver la muerte en la casa.

Tottino y Daniela Mazzarioli, en el Facebook de él, meses antes del crimen.

En la puerta había dos policías mujeres. Una de ellas era la misma que, unos pocos días antes, había ido a esa misma casa a notificarle al entonces potencial asesino que, como un juez creía que había muchos indicios de que iba a matar a su mujer, había resuelto que era suficiente escribir en un papel que no podía acercarse más a esa propiedad para evitar que se convirtiera en un asesino consumado.

Cuando las policías tocaron el timbre y la puerta se abrió, el día del crimen, el rostro de Tottino las llevó a sospechar que el método de prevención ideado por el juez había fallado. Tenía rasguños en la piel. Y estaba adentro de la casa a la que el juez le había pedido que no se acercara.

-Ya está, recibió Tottino a las policías.

Las agentes lo esposaron y lo arrestaron por el delito de “desobediencia”, sin ingresar a la casa. Lo revisaron, lo subieron al patrullero y le preguntaron qué había pasado, por qué estaba ahí adentro.

-Ya está, insistió Tottino, desde el asiento trasero del móvil.

Una de las agentes presintió algo, tomó coraje y entró a la casa. Pero llegó hasta la puerta de la habitación principal y no pudo dar un paso más: desde allí se veía a Daniela con la cabeza tapada por una manta, boca arriba. Muerta. Retrocedió, salió y entonces Tottino agregó un par de palabras, aún más inquietantes, desde la ventanilla del patrullero:

-El nene.

La mujer policía volvió a ingresar. Recorrió la casa entera, cada vez más desesperada, pero no halló nada. Corrió de regreso a la calle, interrogó a los gritos al detenido y ya no obtuvo más respuestas.

Era obvio que sólo podía esperar lo peor.

Se metió por tercera vez al lugar, se acercó al cuerpo de Daniela y entonces vio unos pelitos negros asomando por debajo de la manta que cubría a la mujer. La corrió de un tirón y ahí lo vio: el nene estaba al lado de su mamá, en posición fetal, inmóvil como la muerte misma, con un color extraño en el rostro.

La agente salió corriendo y le dijo a su compañera que el nene estaba adentro, que no se animaba a tocarlo. Regresaron juntas, lo pusieron sobre una frazada y lo sacaron, como en una camita improvisada. Seguía sin moverse. Lo tocaron para tratar de reanimarlo y notaron que estaba calentito, pero no reaccionaba. Lo sacudieron, cada vez con más insistencia. Pero no pasaba nada.

Hasta que, de golpe, abrió los ojitos.

-Mamá, dijo.

“Estaba como ahogado. Cuando lo sacamos de la casa abrió los ojos. Nos miró y nos dijo: ‘Mamá’”, contaría una de las policías. “Justo llegaron los abuelos y se lo entregamos a la señora. Ahí vimos que estaba como lastimado, colorado”, agregaría. “Tenía una marca de un lazo fino en el cuello. No sé cuánto tiempo llevaba sin respirar…”, agregaría su compañera.

La abuela no podía parar de llorar mientras sostenía al nene. Apareció la ambulancia y los médicos se asustaron al ver cómo estaba el abuelo, por lo que se lo llevaron al hospital junto a su nieto.

-¿Te caíste? ¿Te golpeaste?, le preguntó la médica al nene, en la Guardia.

-Papá, respondió el chiquito, mientras se tomaba el cuello.

El director y el administrador del hospital decidieron trasladarlo a La Plata, por las dudas. Sólo la abuela lo acompañó en la ambulancia, ya que a Osvaldo no lo dejaron ir por precaución. Antes de llevárselo, le sacaron fotos a las marcas que tenía en el cuello.

El nene mostraba su dolor con el cuerpo. Al tercer día, los ojos se le inyectaron en sangre y la cara se le inundó de manchas rojizas. El pediatra tranquilizó a sus abuelos: les dijo que era algo normal para alguien que había sufrido un estrangulamiento. “Le debe haber pasado una soga por el cuello”, especuló el doctor.

A Osvaldo se le rompió el pecho. Recordó que en la casa del crimen había un cubrecama suyo, antiguo, del que sobresalía una soga: aún hoy, dos años después, no puede sacarse de la cabeza la idea de que el asesino lo usó para apretar el cuello de su nieto. Quizás no se la saque nunca.

El abuelo tardó en juntar fuerzas para encarar a sus otros nietos. Le pidió a un psicopedagogo que lo acompañara a explicarles eso que no tiene explicación: papá mató a mamá y los condenó a una orfandad virtual y perpetua de odiar al que está vivo y extrañar a la que está en la tumba.

-Sí, abuelo, yo ya sabía porque cuando lo vi entrar a papá a casa tenía mucha cara de enojado, le respondió el mayor de sus nietos.

El asesino había esperado a que el micro escolar se llevara a sus dos hijos mayores para entrar a la casa adonde estaban Daniela y el nene. Pero el más grande había llegado a verlo desde el colectivo, a eso de las 8.15. El chofer del ómnibus también lo había visto.

Quizás Tottino había estado allí afuera toda la noche. Quizás sabía que su ex pareja le había escrito a un amigo para contarle que estaba aterrorizada, porque él la venía amenazando con sacarle a sus hijos si no volvían a vivir juntos. Quizás estaba enterado de que ella confiaba en que la orden judicial de restricción lo mantuviera lejos.

Tottino acaba de ser condenado por el Tribunal Oral N° 1 de La Plata, que consideró que no sólo asesinó a su esposa sino que lo de su hijo de dos años fue un intento de homicidio, que no se consumó porque las policías le salvaron la vida al nene. El juez Juan José Ruiz, que redactó la sentencia, buscó darle la pena más dura posible: argumentó en favor de la constitucionalidad de la reclusión perpetua y se la aplicó.

Como para darle tiempo para prepararse a enfrentarlo a ese nene que se sobrepuso, incluso, a la muerte que le quiso dar.



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