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Donald Trump desespera por estar en la portada de Time, pero es en la más desenfadada The Economist donde se lo ve con mayor frecuencia. Ahora que está por cumplir su primer año en el poder, apareció en llamas en la revista norteamericana, pero fue en la británica donde se lo mostró con mayor ingenio. Está ahí como un bebe dentro de su cochecito que tira por el aire el chupete, devora una hamburguesa y tiene una caja de cohetes y misiles para entretenerse conectados a un gran botón rojo.

También, el libro Fire and Fury, que acaba de desacreditar como pocos textos esta breve presidencia, revoleado en un costado. A su lado, en el piso, se ven los ladrillitos que forman la palabra wall (por ese muro caprichoso que busca levantar frente a México) y las figuritas con las que este mandatario gusta jugar: un muñequito de Vladimir Putin y otro de su influyente hijo mayor Donald Trump, el de la trama rusa.

Lo que tenemos ahí es una mirada que comparte gran parte del mundo sobre esta experiencia tumultuosa iniciada hace un año de la que, como dice The Economist, hay que pellizcarse para encontrarle sentido en la realidad. Con cierta malicia adicional, la revista le añadió al dibujo un título en tono de desconcierto: “¿Es realmente así de malo?”

El presidente ruso, en el ida y vuelta del magnate norteamericano AFP

Trump se ocupa a diario de responder esa pregunta y confirmar con los peores modos lo que el interrogante sugiere. Viene de presumir del tamaño de su botón nuclear causando menos temor que desconcierto en Corea del Norte. Y aunque luego lo negó pobremente, acaba de tratar de “países de mierda” (“shithole countries”) a Haití, El Salvador o a las naciones africanas de donde llega parte de la inmigración a EE.UU. Es conocida su furia contra ciertos extranjeros. Pero lo que revela el creciente desprecio al otro, al diferente, y básicamente al pobre, es la búsqueda de una ideología que le dé substancia a su visión nacionalista, el mantra existencial del “American first”. No difiere esa retórica de la que se ha extendido en Europa con sesgo neofascista y una insularidad y xenofobia creciente. La metáfora (por ahora) del muro frente a México es un símbolo perfecto de ese pensamiento segregador.

Lo que pierde de vista Trump es su lugar en el mundo. Algunos analistas discuten si efectivamente está cerrando sobre sí mismo a EE.UU. Pero ese comportamiento no implica abandonar la agenda mundial, sino el criterio con que se la maneja. El repudio a los acuerdos nucleares con Irán, que alarma a los europeos, o el alineamiento con los sectores más ortodoxos del nacionalismo israelí quitando músculo a la alternativa de una Jerusalén de todos, desnudan una visión esquemática y sin una perspectiva histórica universal.

Donadl Trump con el jefe de Estado chino Xi Jinping, cumbres complicadas. AFP

Desde cierta visión Trump, seguramente sin saberlo, parece cabalgar a modo preventivo sobre una versión propia e indigente de la antigua y conocida “trampa de Tucídides” con la que aquel ateniense único aludía a Esparta para observar que cuando una potencia establecida es retada por otras emergentes se acaba inevitablemente en una guerra. Aquí hay, sin embargo, una diferencia sugestiva. Ese escenario contradictorio lo provocan y amplifican el presidente norteamericano y su corte, o parte de ella al menos. No es algo que viene solo. Es lo que son ellos mismos y que derrapan antes de que suceda aquel desafío.

El ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Sigmar Gabriel, advierte justamente en esta edición cómo son las cosas en sentido casi básico. Avisa que “en política internacional no existe el vacío. Si Estados Unidos deja la sala, de inmediato entran otras potencias”. De lo que habla el jefe de la diplomacia de Angela Merkel es de China en el nivel global, como potencia comercial y diplomática. Y de Rusia en el plano regional, conduciendo ya la posguerra en Siria, configurando junto a Irán y Turquía un eje dominante con Washington sin paradero conocido en este tablero. Son cuestiones de poder.

Ese vacío de liderazgo es tanto más provocador en sus consecuencias si se observa que Trump no es un accidente de la historia, sino resultado de la propia etapa de evolución norteamericana. El retiro estadounidense lo refleja de la peor manera la falta de respeto que cosecha el jefe de la Casa Blanca debido a comportamientos que ya nadie espera que modifique en lo que le resta en el Salón Oval. Pero también se advierte en otras actitudes. El furor del magnate contra los acuerdos multilaterales, tanto la Unión Europea como la Organización Mundial de Comercio, o las propias Naciones Unidas se une a la salida de EE.UU. de factores reales de poder como el convenio de libre comercio transpacífico o incluso el Nafta entre México y Canadá.

La canciller alemana, Angela Merkel dpa

Fruto de ese talante, y a tono con el comentario del alemán Gabriel, China se ha erigido en el único monitor del mercado libre asiático, y en un factor del anti proteccionismo en foros liberales como Davos, sentado en donde antes lo hacía EE.UU. Esa narrativa es acompañada de una formidable estructura de expansión económica que tiene como eje la Nueva Ruta de la Seda (OBOR o BRI en inglés, por One Belt One Road Initiative), un proyecto que incluye inversiones de infraestructura portuaria, ferroviaria, de aeropuertos y carreteras en 68 países que explican el 40% del PBI mundial El propósito es agilizar el comercio chino pero también proyectar su influencia geopolítica.

Este desarrollo tampoco es un accidente de la historia. Después de la Segunda Guerra, EE.UU. facturaba 50% del mercado económico mundial. En 1980 bajó al 22% y luego al 16%. Entre tanto, con casi 40 años de transformación que se cumplen este 2018, China pasó de representar el 2% del PBI global en 1980 a casi el mismo escalón que su contraparte norteamericana, anota la Kennedy School de Harvard.

El Road and Belt apunta también a Sudamérica. El 23 de este mes, en el hotel Intercontinental de Santiago de Chile, el canciller chino Wang Yi será la estrella del foro empresarial China-Celac (comisión económica de América latina y el Caribe). Fuentes diplomáticas de Beijing comentaron a esta columna que el Road and Belt no debe ser visto sólo como una estructura física de obras sino también como una vía mucho más amplia de conexión que excede a la propia Asia.

El canciller chino Wang Yi, este mes en la región. AP

Es con ese temperamento que el Imperio del Centro busca multiplicar su presencia económica en la región. Según esas fuentes, las dos represas de la Patagonia argentina, que entusiasmaban al gobierno K anterior, “están en marcha” y se proyecta construir no una sino las dos plantas nucleares en nuestro país a un costo de US$17 mil millones, con capacidad de generación sumadas de 1.700 megawats, muy por encima de lo que producen Atucha 1 y Embalse (900 mw en conjunto. Atucha II, con proyección de mil mw, está en demorada construcción).

Consultadas fuentes del gobierno argentino, dijeron que efectivamente “está todo en carpeta”, pero no dieron detalles. Beijing, además, tiene pactados cerca de un centenar de proyectos con Brasil con una inversión que ronda los US$ 50 mil millones y ya supera a EE.UU. como el mayor inversionista en ese país. También es el principal acreedor del régimen venezolano; aparece en diversidad de países de Centroamérica y en México, con un comercio binacional de US$ 80 mil millones , ya hay registradas 900 empresas chinas.

Como es sabido, la economía es la que genera la política. El capitalismo chino no difiere del occidental en sus propósitos y ambiciones y hasta en los métodos. Sólo vale observar un dato. Djibouti, en el Cuerno de Africa frente al estratégico Golfo de Adén , es uno de los países beneficiados por la obra pública de Beijing. Allí China instaló su primera base militar de ultramar inaugurada el año pasado y ya se ven sus buques de guerra. El régimen se excusó señalando que la instalación militar tiene “propósitos de logística y prevenir la piratería”. Formas conocidas, en realidad, de custodiar la inversión.
​ Copyright Clarín, 2018.

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