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Ya no era chico, quizás adolescente. Fuimos unos días a un campo en Entre Ríos. Mi viejo me había advertido sobre las noches insólitas. El cielo, un cuadro impresionista: miles de puntos con poca y con demasiada luz configuraban un techo donde no había espacios libres. Todo estrellas. Y de silencio, nada. Pájaros nocturnos, insectos, el viento, algún animal desvelado.

No tenía pasión por el campo -tampoco ahora, confieso- y sin embargo recuerdo esas noches como un descubrimiento: hay demasiadas cosas que no vemos ni escuchamos. Están ahí, sin embargo.

Si esos días me transformaron, qué no le habrá pasado a una nena de seis años que hasta necesitó aprender una lengua nueva para pertenecer. Sin embargo, ella asoció este cambio a la figura de su abuelo. El ha sido la tierra para ella. El que le permitió descubrir un mundo más allá de las narices. Cuento una infidencia: al leer la primera versión del texto de Mariel le envié un whatsapp a México. “Conmovedora la forma en que narrás cómo el campo transformó tu infancia”. Su respuesta escondía cierta sorpresa: “Pero si es una nota sobre mi abuelo”. Ella había escrito algo, yo había leído otra cosa. Quizás ambas tramas estaban presentes, pero cada uno privilegiaba una raíz diferente.

No se trata sólo de percibir nuevos mundos sino de quebrar prejuicios. México, como la Argentina, ha marginado a sus pueblos originarios. Casi nadie, si alguien, va a estudiar su lengua o su cultura. Pero esta vez la convivencia lo hizo necesario y mostró que no alcanza con hablar del otro. Hay que estar con el otro. Reír con él, responderle sus bromas, conocerlo de entre casa. El mundo es inabarcable pero entenderlo en la piel es la mejor manera de saber que siempre hay algo que se nos esconde. Y que revelar ese algo también es rebelarse, echar luz sobre lo desconocido.

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