Hasta hace dos meses, la base naval que la Armada tiene en esta ciudad era el lugar al que iban a trabajar sus hijos, sus hermanos, sus parejas. Pero ese lugar se resignificó para las familias de los 44 tripulantes del submarino ARA San Juan, cuyo paradero se desconoce desde el 15 de noviembre. Desde ese momento en el que sus vidas -enteras y cotidianas- cambiaron radicalmente, la base se volvió el lugar en el que empiezan las rutinas de entre cincuenta y cien familiares.

De lunes a lunes a las 10, decenas de ellos están allí para que les lean las noticias de la búsqueda: llegan desde sus casas marplatenses o desde los dos hoteles que la Armada posee y en los que aloja actualmente a doce familias. “Antes eran descripciones largas sobre los operativos de búsqueda. Ahora vienen con un papelito hecho a mano que dice cuánto miden las olas y enumera el trabajo de dos o tres buques: es poco”, dice María Victoria Morales, tucumana y madre de Luis Esteban García, uno de los técnicos eléctricos del San Juan.

Las tardes son para debatir, en grupos de WhatsApp o en alguna habitación de los hoteles, posibles destinos del submarino y pasos a seguir. Es que a los familiares les llegan desde mensajes de quienes se les presentan como videntes y les aseguran que la tripulación está con vida en determinada ubicación del océano -indican latitudes y longitudes- hasta fotos de manchas en el mar que les hacen llegar marinos mercantes: les aseguran que pueden tratarse de manchas de combustible emitidas por el submarino.

Ante la falta de pruebas concretas sobre lo ocurrido, toda teoría se vuelve posible para los familiares. “Hasta que no nos demuestren qué pasó, para nosotros hay esperanza de vida”, sostuvo el viernes Cristian Méndez, cuñado del sumbarinista Celso Vallejos. Fue minutos antes de que una centena de familiares y amigos cortaran la calle en la entrada de la base naval: desde colectivos y autos recibieron bocinazos y aplausos como demostración de apoyo.

Mirá también

Submarino ARA San Juan: un tercer buque vuelve a la zona de búsqueda

El corte de calle fue una de las tantas medidas que pergeñaron por chat y en rondas de mate: en la última semana repartieron volantes que dicen “ARA SAN JUAN – NO OLVIDAR” por el centro marplatense y juntaron firmas. “Necesitamos que el presidente Macri y el ministro Aguad dispongan presupuesto para ampliar la búsqueda. Tenemos esperanzas pero el tiempo corre”, enfatiza Marcela Moyano, pareja de Hernán Rodríguez, maquinista del submarino.

Para robustecer el reclamo, los familiares decicieron ayer instalarse permanentemente en la base. Llevaron frazadas, bolsas de dormir y comida, dado que, según contaron a Clarín, la Armada les informó que no cubriría ese gasto en la base. Exigen que se amplíe el presupuesto de búsqueda y, en caso de no recibir una respuesta favorable, ser trasladados a Buenos Aires para que los reciba Macri. “Vamos a encadenarnos a la Casa Rosada si hace falta”, anticipó Yolanda Mendiola, jujeña y madre del tripulante Leandro Cisneros.

Ella y las demás familiares consultadas coinciden: el peor momento de esta vida que empezó cuando se perdió el rastro del submarino es la noche. “Es cuando más me angustio, cuando pienso que si me vuelvo de Mar del Plata a San Juan estoy abandonando a mi hijo”, se conmueve Luisa Rodríguez, mamá de Gabriel Alfaro, cocinero del San Juan. Como todos los demás familiares, dice: “No voy a parar hasta saber qué pasó”.

“Ya nos conocemos las miradas, ya sabemos quién va a llorar”

Yolanda y Noelia Mendiola. Foto: Maxi Failla

Yolanda Mendiola llegó a Mar del Plata el 21 de noviembre. Vino desde San Salvador de Jujuy, donde comparte casa con su hija Noelia y sus dos nietos, Benjamín y Fátima. No sabía cuánto se quedaría en esta ciudad, pero sí sabe hoy, casi dos meses después, que será hasta saber qué pasó con Leandro Cisneros, su hijo, cabo primero del submarino ARA San Juan.

“Un mes antes de zarpar, mi hijo me rogó que viniera a verlo. Sentí que tenía miedo como nunca había tenido. No pude venir y ahora me arrepiento”, cuenta angustiada en la puerta del hotel Tierra del Fuego, que la Armada tiene en el centro marplatense y en el que una habitación doble cuesta 610 pesos por persona.

Mirá también

Submarino Ara San Juan: emotivo reclamo de los familiares en la base de Mar del Plata

Allí la alojaron desde que llegó, y allí quedan aún cinco familias de los tripulantes. Las otras siete están en el hotel Antártida, también de la Armada y a pocos metros del Tierra del Fuego.

Yolanda repite cada día la misma rutina: desayuna temprano y toma la combi que cada mañana la lleva a la base naval a escuchar el parte oficial. Vuelve a una habitación en la que está la última foto que Leandro se sacó con sus sobrinos: tiene el uniforme con el que se embarcó en el San Juan. Lo llevó a Jujuy para mostrárselo a los chicos.

Su sobrino, que también vive en esa habitación desde el 8 de enero y que armó un submarino de cartapesta, reza todos los días por el tío al que esperó en Navidad y en Año Nuevo. “Cuando se da cuenta que estamos tristes, pregunta qué pasó con su tío”, cuenta Noelia, la hermana de Leandro.

Mirá también

Submarino ARA San Juan: los familiares exigieron que la búsqueda sea prioridad para la Armada

En las habitaciones de los familiares hay reuniones espontáneas casi todas las tardes. “Intentamos hablar de otra cosa pero siempre terminamos hablando de los chicos. Ya nos conocemos las miradas: ya sabemos quién va a llorar. El día a día es horrible, yo siento que no tengo vida. Todos los días me pregunto qué hago acá: era una ama de casa y ahora voy al Congreso para que me digan dónde está mi hijo”, dice Yolanda.

Desde la entrada del hotel se ve la playa Popular. “No puedo ni siquiera mirar el agua. Intenté acercarme pero no puedo: necesito que me devuelvan a mi hijo”, insiste.

“Cada día, al despertar, pienso: ‘hoy lo espero’. Eso me da fuerzas”

Marcela Moyano. Foto: Maxi Failla

“Hernán era muy prolijo. Es. Es muy prolijo”, dice Marcela Moyano, pareja de Hernán Rodríguez, maquinista del submarino ARA San Juan. Lo dice mientras muestra los broches con los que Hernán dejó colgado su traje blanco de gala de la Armada en el departamento que la pareja tiene en el barrio San José de esta ciudad.

El departamento queda a pocas cuadras de la escuela en la que Marcela enseña: “Pero desde que empezó todo esto mi vida cotidiana quedó frenada. Pedí licencia y voy todos los días a la base a escuchar las noticias, y de allí, vemos qué sigue”. A veces sigue, en su caso, ocuparse de imprimir los volantes que reparten los familiares del San Juan a los turistas en diferentes puntos de la ciudad.

En la pared del departamento hay una foto de Rodríguez con una bandera argentina. Detrás suyo, el hielo de la Antártida. En la mesa de su casa, la bandera que él mostraba en la foto ahora dice su nombre con marcador indeleble. Es con esa bandera que Marcela reclama que el Estado responda sobre el paradero de su pareja.

“La primera semana tuvimos mucha esperanza, pero el anuncio de una explosión nos hizo sentir mucha tristeza e impotencia. Como no sabemos qué pasó, aún tenemos esperanzas. Todos los días, cuando me despierto, lo primero que pienso es ‘hoy lo espero’. Eso me da fuerzas para ir a las volanteadas, a juntar firmas”, explica.

Marcela sigue mandando mensajes al celular de Hernán: “Le digo que lo amo, que lo extraño, que lo sigo esperando”. Desde que se enteró por teléfono que el submarino había perdido comunicación con la base, el 16 de noviembre, soñó dos veces con él: “Una vez vi cómo llegaba a casa; la otra, me abrazaba”, dice, emocionada.

“Lo peor es cada noche. Es cuando más ganas tengo de abrazarlo, de poder tocarlo. Es el momento en el que cada uno de los familiares se queda solo, sin la actividad del día, y ahí lo único que te pasa es que extrañás”, define, rodeada de los boletines de calificaciones y los diplomas que subieron a Rodríguez al submarino desaparecido.

“A la información de la Armada yo la llamo ‘el parte que nos parte’”

Maria Victoria Morales y Luis Garcia. Foto: Maxi Failla

María Victoria Morales vive en la periferia de San Miguel de Tucumán con Luis García, su marido. Los dos viajaron a Mar del Plata el 21 de octubre: su hijo, Luis Esteban García, zarparía en el submarino ARA San Juan y le pidió a su papá que supervisara las refacciones que haría en su casa.

“Todas esas refacciones ya se hicieron y mi hijo no las puede ver. Esa es la marca del paso del tiempo y de su ausencia”, dice, apenada, María Victoria. Vive desde hace algunas semanas en el hotel Tierra del Fuego, porque llegaron otros familiares a la casa de su hijo y su nuera.

Nunca antes había padecido insomnio, ni tomado pastillas para dormir pero ahora, por indicación de un psiquiatra de la Armada, toma una por día. Aún así, tiene el sueño liviano y madruga todos los días para ir a escuchar noticias, como los demás: “Yo le llamo ‘el parte que nos parte’, porque necesitamos esperanzas y estamos cada vez más desesperanzados”, cuenta. Al principio, se acercaba al mar y le pedía que le devolviera a su hijo. “Ahora siento rechazo, no puedo caminar por la vereda del agua”, explica.

Hasta hace poco siguió enviando mensajes por WhatsApp a su hijo: “Le contaba que estábamos con muchas esperanzas, cuáles eran las nuevas palabras que aprendía su hijito de 18 meses, le pedía que no se enojara si veía a su mamá llorar en los medios de comunicación. Pero ya no me sale”, se angustia.

Fue por esa vía que su hijo, técnico electricista del San Juan, le preguntó qué quería que le comprara en Ushuaia: “Le pedí un chaleco de polar como uno que tiene él y que todavía uso, tiene su olorcito”.

Cada día, en la habitación del hotel, lava a mano la remera con la foto de su hijo, con rasgos parecidos a los suyos. La prenda dice “Mamá te ama”. Su marido, que empezó a tomar medicación para combatir un dolor crónico de estómago, también tiene una foto de su hijo en la remera.

Durante una volanteada por el centro marplatense le dijeron que ella le había dado “un héroe a la Patria”. “Pero yo no le quiero dar un héroe a la Patria, yo quiero tener a mi hijo conmigo”.

“Cada vez que me tengo que ir siento que abandono a mi hijo”

Luisa Rodriguez y Andrea Mereles. Foto: Maxi Failla

Luisa Rodríguez va y viene de San Juan, donde trabaja como especialista en terapia intensiva. A veces duerme en hoteles de la Armada, a veces en casa de su nuera, Andrea Merelles, y su hijo, Gabriel Alfaro, cocinero del ARA San Juan. “Estoy acá todo lo que puedo. Cada vez que tengo que irme siento que abandono a mi hijo”, sostiene.

Lleva una remera que dice “Gabi te esperamos” y suele salir a repartir volantes que piden no olvidar a los tripulantes. Le dio uno a Mirtha Legrand: varios familiares fueron a la puerta de un teatro para que la diva posara con ellos en una foto que viralizaron. “Mi nieto tiene el oído atento, pregunta si sabemos cuándo a va a venir su papá”, cuenta. “Si nosotros no sostuviéramos este reclamo, el submarino ya hubiera pasado al olvido”, remata.



Source link