Los catalanes siguen los vaivenes de la actualidad política de Cataluña con atención y con hastío. La térmica que se respira en las calles hoy se traduce en un diagnóstico: bipolaridad.

Han visto pasar delante de sus ojos, desaliñado e ilegal, el carro del referéndum de autodeterminación. Han sufrido en carne propia el castigo del gobierno español. Han sentido el vacío que dejó la fuga del ex presidente Carles Puigdemont y la impotencia que significó la cárcel para los ex miembros de la Generaliltat que se quedaron y que, según la jerga separatista, dejaron de ser presos políticos para convertirse en rehenes.

Se volvieron a entusiasmar con las elecciones impuestas por el presidente Mariano Rajoy y, ante el triunfo del independentismo en las urnas, hoy vuelven a padecer otro golpe a la ilusión, con la lenta sangría de ex abanderados de la causa independentista que van abandonando el barco.

“Las reacciones son bipolares, de la euforia a la depresión y otra vez la euforia. Para un país como Argentina, acostumbrado a la psiquiatría y al psicoanálisis, este término define bastante bien lo que pasa en la calle hoy”, dice el catalán Enrique Murillo, editor de colecciones sobre actualidad y coordinador editorial del Máster de edición de la Universidad Autónoma de Barcelona.

“Hay una frontera pro o anti independencia con un núcleo escaso, de apenas un 10 por ciento de la población, que es neutro respecto de eso –dice Murillo-. Cada noticia es tomada por los sectores de la sociedad de una manera o de otra. Esto se parece más a una guerra religiosa que a otra cosa. No son convicciones políticas sino fe religiosas diferentes y contrapuestas.” Para Murillo, “aquí ha habido un movimiento de euforia, como el psicótico que de repente fantasea que es Dios, y esto les ha pasado a los catalanes, tan razonables y tan burguesitos ellos, como mi familia, y frente a ellos, ha habido una actitud de silencio y de sentirse olvidados pero cada vez de forma más agresiva por parte de los catalanes que llevan aquí desde 1929, cuando se produjo la primera gran ola de inmigración. Hubo otras mayores, sobre todo en los años ’60”.

La relación de Cataluña con España es la principal preocupación de quienes viven en Barcelona. Según una encuesta que el Ayuntamiento le encargó a la consultora Gesop, el 45 por ciento de los barceloneses considera que es el principal problema de Cataluña, un 11,3 por ciento cree que la crisis encabeza la lista de problemas de la ciudad y un 14,5 por ciento lo siente su primer problema personal.

“La complejidad es tal que ya no se puede hablar, hasta dentro de unos años, de la sociedad catalana que, antes de esto, era relativamente homogénea. Había una separación de clases económicas y sociales enormes, una frontera del idioma, el uso del catalán en casa o no, pero la sociedad más proletaria de los suburbios de Barcelona y la sociedad más catalana y catalanista se fundieron en una sola en la resistencia al franquismo de los últimos años. Eso hoy se rompió”, opina Murillo.

Por eso hoy el ánimo de los catalanes está polarizado como nunca. “De repente estamos ante un caso de milenarismo flagrante, como si hubiera una religión milenaria en la que unos profetas que están en contacto con los dioses que le dicen al pueblo ¡Libérate!, el paraíso es posible y es posible en la tierra. Los fieles de esta religión son la clase media. Y esto es una paradoja -dice Murillo-. Cuando tú crees en Dios, si te lo crucifican, ¿dejas de creer? Pues no, crees más. Es una cuestión de fe. Si hay algún Judas traidor, tampoco lo tienes en cuenta. Para esta parte de la sociedad catalana, el paraíso en la tierra es posible y se llama república.” Más de la mitad de los vecinos de Barcelona, el 52,6 por ciento, opina que esta situación tendrá consecuencias negativas para la capital de Cataluña. El 46,9 por ciento sostiene que la actual situación política implica un impacto negativo en la convivencia.

-Los separatistas han ganado las elecciones pero el sueño de la república se deshilacha. Los protagonistas de la gesta se desdicen, abdican o apelan al surrealismo como sería gobernar desde el exilio. ¿Qué sostiene el ánimo de los catalanes independentistas?

-Hubo un cambio importante: Jordi Tardà, de Esquerra Republicana, ha aceptado sin ambages que la independencia sólo se alcanzará por la vía legal y mediante un referéndum pactado. Y que ahora lo principal es constituir el Parlamento, elegir gobierno y gobernar. Es un giro trascendente. Creo que eso excluye a Puigdemont del nuevo gobierno y a la CUP (el partido antisistema y radical que más presionó para la declaración unilateral de independencia de octubre del año pasado). Lo veremos en unos días. El tiempo enloquecido del independentismo está a punto de terminar. Un alivio. Pero la tradición española no es aceptar la rendición sino aplastar al vencido.



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