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“Sofía”, murmura, y pierde con las lágrimas una batalla que mal venían disimulando sus ojos.

Apenas puede pronunciar el nombre que había acariciado a diario en su mente durante seis meses y medio, en aquel tiempo feliz en el que creía que sólo llegaría a la habitación de un hospital después de pasar por la sala de partos, y no luego de superar una terapia intensiva que la dejaría para siempre con una cunita vacía.

“Le íbamos a poner Sofía”, reitera. Y calla.

En su vida, que hasta aquel día no era una sino dos, se interpuso una bala que primero la mató un poco y después se le incrustó para siempre en la columna. Allí sigue ahora, porque si se se la sacan se la lleva también a ella, y porque si se le va sólo le deja el dolor del corazón, que es mucho y jamás la abandona.

Todo eso dice sin decir Mery Vidal Borda en Tribunales cuando pronuncia el nombre de la nena que hoy debería estar empezando salita de 5 en lugar de yacer en un cementerio que ella tardó meses de terapia en poder visitar. Habla con la pausa de la tristeza, mientras la miran jueces y asesinos en una sala diminuta. Sabe que la única persona que puede entenderla en su pesadilla de estar despierta es esa mujer que la fue a ver al hospital y que ahora la acompaña en el juicio: Carolina Píparo.

El sueño de Mery se empezó a terminar a las 19.40 del 5 de agosto de 2013, con el vacío que sólo dejan los sueños que se terminan. Estaba en su trabajo, en la verdulería que tenía con su marido en la calle 21 entre 167 y 168 de Berisso (La Plata), cuando un joven entró fumando al local. Es algo raro que alguien entre fumando a una verdulería, pero en este caso además había un arma, una faca y la exigencia de la plata de la caja.

En cuanto vio al ladrón, Mery se tocó la panza. La tenía redonda por los 6 meses y medio de embarazo que, era imposible no ver, estaba cursando. Aún podía moverse con agilidad entre los exhibidores, salir a la puerta para seleccionar la fruta expuesta en los cajones, caminar bajo el toldo de lona verde para acomodar la pila de bolsas de carbón y hasta dibujar las ofertas en tiza blanca sobre el pizarrón negro de la vereda. Cuando se cansaba, subía a la casita de ventanas con postigos y techo de tejas a dos aguas que habían logrado levantar en el piso superior con el esfuerzo de estar todos los días en el local de abajo.

Pero ahí estaba, parada detrás de la caja, con un veinteañero apuntándola con un revólver plateado en una mano temblorosa. La abrió de inmediato y entregó lo que había adentro.

150 pesos.

-Dame ‘lo otro’, dame ‘lo otro’, le gritó el asaltante, según escuchó un cliente escondido detrás de una góndola.

-Ya te di, tembló Mery.

Recién ahí su marido, Wilder Álvarez, se dio cuenta de que algo pasaba y entró al negocio. El ladrón lo vio y le mostró el brillo plateado del arma. El hombre giró hacia la vereda y vio venir a un joven caminando.

-¡Me están asaltando!, le gritó.

Una moto apareció a toda velocidad, subió a la vereda y le frenó al lado. Wilder creyó que venía a socorrerlo, pero no. Era el chofer.

-Correte o sino la vas a pagar, lo amenazó el segundo ladrón, desde la moto.

Y ahí no más escuchó cómo le cobraban con un balazo.

Adentro del local, el ladrón que tenía apuntada a Mery le había disparado por debajo del mostrador. Mientras entraba corriendo a ver qué había ocurrido, Wilder lo vio salir, tirar la colilla del Philip Morris que venía fumando y subirse a la moto de su cómplice.

Mery había recibido el tiro en la panza. Estaba sentada sobre un cajón de verdura, con una mancha roja creciéndole en el delantal.

-Me dispararon, le confirmó a su marido.

Minutos más tarde, una ambulancia la llevaba al hospital. A las 21.10, en una cesárea de urgencia, nacía su beba.

Sofía.

Mientras, los ladrones hacían apenas nueve cuadras en la moto para llegar hasta la casa del que había disparado: Nahuel Víctor Jesús Caliva, de 21 años, hijo de un policía y de una empleada doméstica. Al entrar a la propiedad se encontró con su hermana de 14.

-Me mandé una macana, le dijo a la adolescente. Y le mostró el revólver. Abrió el tambor y sacó una vaina. Le quedaban dos balas más.

Enseguida se encerró en su habitación con el que manejaba la moto: Eduardo Fabián Monzón (29), de acuerdo con la investigación. Recién saldrían pasadas las 21 para ir al kiosquito de al lado a comprar una cerveza. Cuando se les acabó, se fueron a vender la moto.

A esa hora a Sofía se le terminaban sus 75 minutos de vida. La bala le había atravesado el cuerpito y había rozado sus pulmones antes de alojarse en la columna de su mamá. Su certificado de defunción se firmó a las 22.25.

Pero Mery, en coma, no se enteraría sino mucho más tarde.

En la mañana del día siguiente, Caliva le mandó un mensaje de texto a un amigo: “Amigo me tene k asela segunda fui a roba y mate a una embarazada, si pode benite a buca amigo”, decía, textual.

Por la tarde, Caliva fue a lo de ese amigo y, según el testimonio que prestaría éste, le contó: “Me mandé una re cagada. Fui a robar, me hice 150 pesos, pero quería mas. Yo estaba re ropiado (drogado), justo en ese momento se quiso escapar una persona y lo metí para adentro, le apunté con el arma, yo quería hacer todo rápido. Después me fui para afuera, donde me estaba esperando Fabián arriba de la moto, y como estaba ropiado tiré por tirar. Hoy leí en los diarios y me di cuenta de que le había pegado a una embarazada, yo no lo hice queriendo, no le quise tirar a nadie, tiré por tirar… El arma era de Fabián, era una 22 re copada…”.

El amigo le preguntó quién era “Fabián”.

“Es el pibe del carro”, le explicó, en referencia a que “juntaba mugre” (cartoneaba) por el barrio. “Después nos fuimos para mi casa, mi vieja no estaba. Nos quedamos ahí tomando y esa noche hicimos plata la moto”, agregó.

No fue difícil arrestarlo a Caliva. Lo metieron preso y confesó todo ante sus compañeros de encierro, que luego declararían en el expediente y hasta en el juicio, aunque mucha falta no hizo: la Policía recuperó la colilla del Philip Morris arrojado en la verdulería y los peritos identificaron allí el ADN de su saliva.

Preso de sus fantasmas, Caliva intentó ahorcarse en prisión. “Estoy jugado. A la noche no puedo dormir, la veo a la señora a la que le disparé sentada al lado de la cama”, les contó a otros detenidos.

A Eduardo Fabián Monzón fue más complicado detenerlo: huyó durante casi tres meses, en los que intentó otro crimen.

Luego del ataque a Mery, escapó con su pareja, la nena que tenían y los hijos de ella hacia Ranelagh. Se escondió en lo de un conocido, pero pronto se peleó con su mujer y se fue solo. Cuando sintió que la Policía estaba cerca, volvió a buscarla: el 20 de octubre de 2013, el Día de la Madre, entró a su casa, la arrastró del pelo y le abrió la cara a golpes frente a los nenes.

-¡Hija de puta, me dejaste tirado!

El hermano de la joven quiso detenerlo y Monzón sacó un cuchillo.

-Antes de ir en cana los voy a matar a todos, ¿me escuchás?, gritó. -Me busca la Policía pero antes los mato, yo estoy jugado, la mato a ella, al pendejo (el hijo) y a vos, a todos menos a mi hija, porque no me importa nada…

Su frase se interrumpió con la primera cuchillada que le dio al cuerpo de la mujer.

La joven terminaría internada, con un neumotórax. Sus hijos se salvaron porque su hermano se los llevó en brazos, corriendo. Y Monzón, por fin, cayó preso.

Mery despertó del coma varios días después de haber recibido el balazo. Su esposo estaba junto a su cama, como cada hora.

-Y la nena ¿dónde está?, le preguntó, según ella misma le cuenta ahora a Clarín.

-A Sofía la perdimos, le respondió Wilder, sin aguantar el llanto un segundo.

“Pasó un mes y me dieron de alta. Mi marido se hacía cargo de mí, porque yo no podía ni caminar cuando salí. Yo era como un bebé recién nacido, que estaba aprendiendo a caminar”, recuerda. “Mi marido me agarraba de la mano y me hacía andar. Las piernas me temblaban…”.

Todo se había desmoronado. Wilder había cerrado la verdulería para dedicarse a ella y así la mantendría un año. “Vendimos el autito porque no podíamos vivir… Nosotros veníamos bien, trabajando, luchando por mis hijos para que el día de mañana no les falte nada…”.

Mery tiene otros dos chicos. “Mi hija tenía entonces un año y dos meses y mi nene más grande tenía siete años. Él la cuidaba mientras yo estaba internada y mi marido me acompañaba. Un día estaban preparando el desayuno y se le cayó encima un vaso de agua hirviendo en la cara a la nena. Y le quedaron marcas…”, lamenta. “Si no me hubieran hecho esto mi vida hubiera sido diferente. Perdí a mi hija y la otra se me accidentó”.

Nada puede dejar atrás. Sigue viviendo en la misma casa, y entrando todos los días al mismo local, que su marido reabrió y atiende con una prima, porque ella no puede. “Te queda algo adentro que todo el tiempo estás viviendo con ese trauma. A mí me marcó para toda mi vida con el recuerdo adentro que tengo. A veces trato de no pensar pero cuando me empieza el dolor por la bala que tengo en el cuerpo me recuerda todo… Mi marido me dice que quiere tener otro hijo porque se siente vacío, pero yo con los dolores que tengo no puedo…” .

La voz se le resquebraja, como le pasó el mes pasado al declarar en el juicio que realiza el Tribunal Oral N° 4 de La Plata contra Caliva y Monzón. Allí, hace una semana la Fiscalía pidió perpetua para ambos por “robo agravado, homicidio calificado (el de la beba), tentativa de homicidio calificado (el de Mery)” y, en el caso del cartonero, también por el intento de homicidio de su ex mujer. La querella, encabezada por Fernando Burlando y Enrique Ruso, pidió sumar el agravante de “alevosía”.

El momento más duro para Mery, que siguió los alegatos sentada junto a Carolina Píparo -la embarazada que perdió a su bebé en una salidera en 2010, también un 5 de agosto– fue cuando la defensa pidió que se considerara “aborto” y no homicidio la muerte de Sofía.

“Ella nació viva, no fue un aborto. Yo tengo miedo que los jueces les den la razón a ellos, porque acá a los delincuentes les dan todo. Y acá los jueces tienen que poner orden”, le dice a Clarín sobre el veredicto, que se conocerá el próximo viernes 16 de marzo.

“Igual la vida ya no es lo mismo”, agrega. “Yo a veces quiero desaparecerme”.

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