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Dos acontecimientos coincidentes: mañana se cumplen 10 años del inicio de la epopeya de la 125. El martes se inicia Expoagro, la mayor muestra del potencial del agro en acción. Hay un hilo que las une, en el origen y el destino, bobinando una historia fascinante, aunque como todo lo esencial repta escondido en la hojarasca de nuestras tribulaciones.

Expoagro y sus antecesoras –Expodinámica, Expochacra, Feriagro—formaron parte de la Segunda Revolución de las Pampas, como la bautizamos en estas páginas a principios de los 90. La primera había sido la de la conquista territorial, cuando el país se ordenó para desarrollar su primer negocio histórico: producir alimentos para el mundo de la revolución industrial. El ciclo duró hasta los años 30. Fuimos granero del mundo y nuestras carnes alcanzaron la fama que aún conservan. La Argentina estaba orgullosa de su agro.

Después perdimos la confianza –por así decirlo– y quisimos hacer otra cosa. Vino una penosa decadencia de 40 años en el agro. Hasta que a partir de los 70 bramadores la historia empezó a cambiar. En esa década pasamos de 20 a 40 millones de toneladas, y se expandió el stock bovino. Tres drivers de este salto: los trigos mejicanos, los híbridos de maíz y el arribo del sorgo granífero. La soja apenas hacía sus pininos.

Una nueva generación se abría paso entre los yuyos sin hacer barullo. Había nacido el INTA, los grupos CREA, las compañías de semillas respiraban nuevos aires y brotaban las primeras agrotécnicas. En 1983 nace la primera Expodinámica, la recordada La Laura en Chacabuco, que se inspiró en el Farm Progress Show del cinturón agrícola de los Estados Unidos. Ese mismo año la visitamos con 150 productores ávidos de novedades.

No ayudó el contexto de los 80, pero el fuego estaba calentando la pava. Permanecimos estancados en las 40 millones de toneladas. Pero la soja metía la cuchara, primero con el treflán, luego con la siembra sin arar que evolucionó hasta la siembra directa, la biotecnología. De la mano de esa generación de oro que nos regaló la nueva agricultura, entre 1995 y el 2000 la producción saltó de aquellas 45 a 70 millones. El proceso siguió hasta el 2008, precisamente el año de la 125, cuando rozamos las 100 millones de toneladas.

Esa fenomenal expansión, de base exclusivamente tecnológica y organizacional, permitió que la sociedad comenzara a percibir que el campo podía ser una palanca para el desarrollo. La sociedad recuperaba su confianza, mellada en los años del languidecimiento. Encima, llegaron los nuevos drivers para los precios: la demanda de proteínas de los asiáticos, en particular China, y la estampida del petróleo a partir del 2003.

Por eso cuando el agro se rebeló, ganó rápidamente empatía. Había calado hondo en el imaginario colectivo que el campo y la agroindustria estaban más del lado de la solución que del problema. Creo que no fue suficientemente expuesto por los analistas el rol de la asonada ruralista del 2008 como principio de la decadencia del ciclo k, que hasta ese momento venía por todo. Explícitamente.

Cambiamos, y para el campo también cambió la historia. Se pudo volver a crecer. La parafernalia de innovaciones que jalonaron esta epopeya atraen el interés de todo el mundo. Desde la siembra directa hasta el silo bolsa, nuestros propios desarrollos biotecnológicos, el carbono en la maquinaria agrícola. Decenas de delegaciones visitarán Expoagro. Se encontrarán con nuevas herramientas, que permiten una agricultura cada vez más amigable con el medio ambiente, más eficiente, más inteligente en términos de dotación de recursos.

Esto une al campo con la ciudad. No pidamos más. Celebremos en San Nicolás, cuya intendencia tiene más claro que nadie que vamos juntos.

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