En las últimas 48 horas, dos fenómenos internacionales parecen agravarse: por un lado, la guerra comercial entre EEUU y China, la que parece ser comercial pero resulta ser financiera; por otro, la reaparición del fenómeno de crisis en Turquía, una economía intermedia que según la mayoría de los analistas ejercerá un efecto negativo sobre algunas de economías de países emergentes.

La devaluación de la Lira turca en 19% y la fragilidad de su modelo macroeconómico ejercen presión sobre su propia economía, impactan sobre sus vecinos europeos, básicamente sobre los países desarrollados y sobre el sistema financiero europeo. El primero en reaccionar fue el presidente Donald Trump de EUA, quien sin titubear publicó en su cuenta de Twitter que había firmado doblar los aranceles aplicados a los productos importados de ese país, como si las reglas de la OMC ya estuvieran derretidas por el verano del hemisferio norte.

Turquía enfrenta problemas de conflictividad política y falta de solvencia para sostener la Lira, lo que ha llevado a una creciente fuga de capitales mudando la posición de los ahorros de la moneda local al euro, lo que resulta en una influencia negativa que pone en jaque la estabilidad cambiaria.

Muy temprano reaccionaron los bancos centrales asiáticos para señalar que los problemas de Turquía lejos de influir negativamente sobre sus economías (fuertemente protegidas por altas reservas, nivel de actividad elevado, fuertes exportaciones y crecimiento económico sostenido), destacaban sus fortalezas antes que las posibilidades de una influencia que pudiera modificar el rumbo sostenido de Asia, tanto como Australia y Nueva Zelanda.

Los analistas especialmente en los mercados de Londres y Wall Street se preguntaron si Argentina no podía alojarse en el mismo nivel de riesgo que exhibía la economía y el gobierno Turco. Además de los comentarios de la citi americana y británica, el IIF (Instituto Internacional del Finanzas), organismo que nuclea a los bancos internacionales que financian mercados soberanos de deuda en los emergentes, persistió con anuncios lapidarios que enfatizan la fragilidad macroeconómica, debilidad fiscal, y el endeudamiento externo

Vale la pena focalizar este problema y explorar en qué sentido Argentina puede ser afectado por una eventual comparación con Turquía para inversores que han concluido recientemente, como lo hizo hoy el IIF, el JP Morgan o las calificadoras de riesgo. Las razones por las cuales el mercado financiero agudiza su diagnóstico negativo sobre la gestión argentina pueden sintetizarse en los siguientes puntos:  

a) Las reservas netas para absorber un shock externo son limitadas y la fuga de capitales no cesa en el tiempo, aun cuando el acuerdo con el FMI debiera haber calmado el atesoramiento de dólares que se mantiene estable. El ritmo de pérdida de reservas en los últimos meses, luce como una fuga prima facie indetenible si se confrontan con las políticas seguidas por el BCRA para aplacarla. Eso se hace más agudo si se comparan los vencimientos de deuda en el corto plazo y los pagos de intereses -que rondan los 15.5 mil millones de dólares anuales, o la relación entre deuda/exportaciones o deuda/PIB. En el último caso asumiendo un producto estable y una economía sin crecimiento, con la devaluación esperada, esa relación se acerca a 90% cuando hace dos años resultaba menos de la mitad. 

b) La sustentabilidad macroeconómica, influída por la fragilidad fiscal, ahora conducida por intereses que superan los 15.5 mil millones de dólares anuales y el déficit comercial argentino, en contraste con los abultados excedentes de buena parte de los emergentes, en especial la región del mundo donde se concentra la mayor feria industrial: Asia, resaltan un derrotero dominado por un futuro sin posibilidades de recuperar la máquina que genera divisas genuinas y no aquella que proviene excluyentemente de la deuda soberana. 

c) el fracaso de las metas de inflación y la fijación de tasas de interés de referencia y para el sector privado en valores exuberantes no hacen sino alimentar una retracción del crédito privado y una progresiva reducción de inversiones que limitan la oferta local de bienes y servicios. No mencionemos la inflación o las tarifas que hacen muy ostensible las diferencias con emergentes asiáticos y nos acercan a Turquía, lo que resulta negativo para quienes el gobierno eligió como aliados, léase financistas, operadores de mercado, calificadoras de riesgo u organismos multilaterales. 

Si no hay un vocación de atacar las fuentes de inestabilidad tal como las mismas se generan y los motores que las aceleran, los próximos meses pueden ser pródigos en amplificar los escenarios negativos. Este modelo de apertura y ajuste con endeudamiento, parece estar ingresando a una fase de agotamiento o buena parte de la sociedad así lo siente. Quizás el gobierno, más que en las elecciones, debiera pensar mucho en la sociedad y cómo llega en mejor forma a la contienda de 2019. De otro modo los costos antes o después de las elecciones serán nuevamente los de un lustro perdido.

Bocco es economista y exdirector del Banco Central



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