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Hace años que los futbolistas africanos ya no se destacan por su fuerza física ni su rudeza. En la mayoría de los principales equipos del mundo es habitual encontrar a uno o más jugadores nacidos en dicho continente. Y suelen ser quienes desequilibran con su talento. Sin embargo, lo que sucedió el último sábado, en el encuentro que disputaron las selecciones Sub 17 de Tanzania y Burundi poco y nada tuvo que ver con el fútbol. Y mucho (o todo) con la violencia.

Todo comenzó cuando el partido se estaba por terminar. Los chicos de Tanzania ganaban 2 a 1 y esperaban el final para festejar un triunfo clave en la carrera por clasificar a la Copa Africana de la categoría. Tratando de jugar lo más lejos posible de su arco, la pelota fue a parar a los pies de Morice Abraham, el capitán y figura de los locales.

Recostado sobre la banda izquierda del ataque, Abraham recogió el balón, vio que se le acercaba un defensor rival y frenó su carrera. Desesperados por recuperar la pelota, cuatro hombre de Burundi se le fueron encima. Y fue ahí donde llegó lo que nadie imaginaba.

Al advertir que no tenía mucho terreno, Abraham volvió sobre sus pasos y picó la pelota paralelo a la línea de cal. La idea era perfecta. Pero nunca contó con que Assumani Bundengeri iba a tratar de frenarlo como fuera. Bah, mejor dicho: con todo lo que pudiera. Fue así como Bundengeri lo derribó con una extraña patada voladora, casi una toma de karate, al cuello.

Y no contento con eso, mientras Abraham se retorcía de dolor en el suelo, le metió un pisotón que lo hizo gritar aún más. Lejos de la jugada, tanto el árbitro como los compañeros del hombre de Tanzania no se dieron cuenta de la gravedad de lo que había sucedido. Sólo los integrantes del banco de suplentes, ubicados en una posición privilegiada, vieron la secuencia entera y terminaron agarrándose la cabeza.

Si bien el encuentro no definía nada, las imágenes dieron la vuelta al mundo en cuestión de segundos. Y no fue para menos.

Mirá la secuencia competa:

El partido entre los pibes de Tanzania y Burundio se había jugado con los dientes apretados.

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