[ad_1]

A las niñas viejas de Mala Mala nadie las quería. Si se portaban bien, dormían las tres juntas en la misma cama. Si se portaban mal, no había ni catre. Y siempre, no importaba qué ocurriera, había golpes, quemaduras y otras torturas. Cuando tenían hambre, debían esperar a que su padre cazara algo y se los llevara al lugar donde las hacía vivir como ermitañas. Cuando tenían demasiada hambre, no podían más que salir a vagar en busca de algo de piedad, apenas cubiertas por trapos viejos. Ocultadas de la sociedad, privadas de una educación que su familia había reservado sólo para sus hermanos varones, ni siquiera las dejaban ir al comedor de la escuela a mendigar algo de comida.

No, su vida no era vida. Se decía que, de tanto en tanto, el malvado que tenían por padre las encerraba en un cajoncito de madera. Pero eso recién se sabría con certeza más de 20 años después. Y todo gracias a una canción, inspirada por una maestra piadosa.

Mala Mala es una comunidad tucumana compuesta por unas 20 familias de antepasados diaguitas, que no alcanza siquiera a ser pequeña. Es un grupo de casas desperdigadas por el monte en Tafí del Valle, una de las zonas más bellas e inaccesibles de Tucumán, a 3.500 metros sobre el nivel del mar. Su nombre se remonta a más de dos siglos, cuando gauchos malandrines usaban su vegetación para esconderse de la Policía y, de paso, asaltar a la gente que volvía de la zafra; el paso malo-malo, le decían.

Hoy, como entonces, su gente vive de la tierra, de sus cultivos y de sus animales, porque conseguir otros alimentos es improbable. Para llegar hasta allí desde un centro poblado -como El Duraznillo- hay que andar unas 13 horas a caballo o arriesgarse, jamás sin experiencia, a una travesía en moto. En el camino no hay descansos ni refugios, por lo que a la niebla y a la lluvia sólo se les puede dar pelea apurando la marcha.

El centro de todo en Mala Mala es una pequeña casa con techo de chapa a dos aguas donde funciona la Escuela 324. Los chicos caminan hasta dos horas para asistir a clases, que se dictan en período especial de verano, entre septiembre y mayo. La clave, allí, es eludir el frío despiadado del invierno y sostener todo lo posible las puertas abiertas porque, además de conocimiento, lo más importante que se brinda es comida.

Por unos días de mayo de 1983, Mala Mala se convirtió en noticia para el diario tucumano La Gaceta. Luisa del Valle Rodríguez, la directora interina de la Escuela 324 de esta localidad de los Valles Calchaquíes, se había encontrado con algo asombroso aún para sus ojos curtidos de maestra rural. Una mañana de esas que jamás se olvidan, regresaba a la escuela a lomo de mula cuando vio a tres nenas que estaban más envueltas por la niebla de los cerros que por los harapos que les habían puesto. Se detuvo a mirarlas y vio que apenas las cubrían unas lonas, sacos de hombre mal adaptados y otros trapos. Estaban cuidando a unas ovejas, paradas sobre rocas. Intentó hablarles, pero descubrió que casi no compartían el idioma: ellas gruñían.

El encuentro les cambiaría la vida a todas.

Luisa había escuchado su historia varias veces en el año que había pasado desde su nombramiento como directora de la escuela de Mala Mala. Se las habían mencionado en varias reuniones, entre relatos de brutales palizas paternas y desamparo extremo. Le habían pedido que interviniera, pero hasta aquella mañana no había sabido cómo. “Los vecinos me venían diciendo que las maltrataban, que las quemaban. Y que otros hermanos se habían escapado del padre”, le cuenta hoy a Clarín la maestra, que entonces tenía 43 años.

Ese día no pudo hacer nada. “Se asustaron y se fueron”, recuerda Luisa. Apurada por la situación, cabalgando con su hijo de dos años en brazos, decidió seguir su camino hacia esa escuela que también era su casa.

Al llegar se lo contó a su hija Susana, que vivía con ella y era maestra de los grados superiores. No supieron qué hacer. Días después, sin embargo, se les aparecieron las nenas.

Querían pan.

Llevaban tres días vagando. Su padre le había dado la última de una serie interminable de palizas y ellas se habían alejado, primero para refugiarse entre la vegetación y después para tratar de encontrar comida. Ni uno ni lo otro: Luisa era su destino.

La directora aprovechó para refugiarlas en la escuela con ella y sus hijos. Poco les preguntó hasta que las tuvo comidas, bañadas y vestidas. Sólo supo que se llamaban Margarita, María Luisa y María Marta. Y que había algo muy extraño a su alrededor.

“Era impresionante; parecían niñas y, en realidad, eran más que adolescentes”, contaría décadas más tarde. “Casi no sabían hablar”.

Margarita aparentaba 8 años; María Luisa, unos 12; y María Marta, alrededor de 13.

Eran menudas, asustadizas y casi no sabían hablar. Y no eran niñas.

“Un médico les diagnosticó enanismo por desnutrición. Casi no tenían dientes, estaban sin desarrollar. Era como si se hubiesen detenido en el tiempo”, le cuenta Luisa a Clarín. “Hablaban como en secreto, como a escondidas, porque era a lo que estaban acostumbradas”.

Margarita en realidad tenía 17 años; María Luisa, 21; y María Marta, 23.

Eran las niñas viejas de Mala Mala.

Luisa decidió alojar a las nenas en la escuela, adonde sí acudía regularmente un hermano varón, Rubén, de 10 años. “Hacía tres días que estaban perdidas en el monte, escapadas, pasando noches heladas. No sé ni qué comían”, recuerda. “Ellas solas se fueron acercando, buscando pan”. La noticia empezó a recorrer el caserío y llegó a la madre de las chicas. “La mujer vino a buscarlas y yo se las di con la condición de que, si volvían, no se las entregaba más”.

Al tiempo, las niñas viejas reaparecieron.

Luisa no las dejaría ir más. “Les adaptamos ropa nuestra. Eran ariscas y se escondían. Después, cuando venían las chicos a la escuela, se metían abajo de la cama”, explica. El que apareció entonces fue el padre de las chicas, un hombre tan duro como perverso llamado Ramón Rosa Alvarez.

“Se paraba afuera para amedrentarme”, dice Luisa. “La que más hablaba era la mayor. ‘Mi papá la va a matar con el rifle de matar guanacos’, me decía. Yo lo encaré y le aclaré que yo también tenía un revólver”. No mentía.

El plan de la directora -y maestra de 1ro a 3er grado, en aula compartida y a pizarrón dividido con su hija- era enviar una carta a la Dirección Provincial de Minoridad para pedir ayuda. La única forma de hacerlo era esperar al helicóptero que llevaba las provisiones.

Pero antes de que tuviera lista la carta, empezó a llover. Y el helicóptero no llegaba con lluvia. Y la lluvia no paraba. Así pasaron días y días, con la amenaza no tan latente del padre. Hasta que un día apareció el helicóptero.

“Ruego me orienten sobre el camino a seguir para solucionar el desesperante y macabro problema que están viviendo un menor y sus hermanas”, escribió Luisa en su carta, el 15 de abril de 1983. “No son deficientes mentales sino raquíticas, analfabetas y con las características de esos seres humanos que han vivido en un humilde rancho y que el único camino que hacen es el de un banco de piedras hasta la precaria cama que comparten entre ellas”.

El texto generó conmoción.

“El padre es hombre rudo, de hábitos groseros y muy cruel. Somete a sus hijos a malos tratos, negándose a enviar a las mayores aunque sea a almorzar a la escuela, por cuanto él no trabaja ni posee medios para alimentarlas. Cuando ocasionalmente consigue alimentos se los disputa con sus hijos, los que generalmente reciben azotes en lugar de pan”, seguía el texto. “Más de una vez, enloquecidos de miedo, después de una tremenda azotaina de la que tuve ocasión de ver las huellas en sus débiles cuerpos, escapan al monte, permaneciendo a la intemperie una o más noches, hasta que algún vecino los recoge casi muertos de frío”.

Según Luisa, ni así terminaba la tortura.

“El padre, apenas se entera del paradero, los reclama y los vecinos, para evitar su ira, los entregan, comenzando una nueva etapa del dolor y privaciones para los niños hasta que vuelven a golpearlos”, contaba.“Ahora sé que armado de un rifle merodea la escuela. Necesito ayuda”.

Su carta obtuvo respuesta. “Vinieron un juez de menores, asistentes sociales y la Policía”, le cuenta hoy Luisa a Clarín. “Me las querían dejar en la escuela conmigo. Pero yo no sabía qué tenían, necesitaban ayuda. Se las llevaron, pero me dejaron al varón en guarda”.

El helicóptero se llevó a las niñas viejas a un hogar de menores en San Miguel. Su hermanito Rubén se quedaría con Luisa como un hijo más durante los siguientes cinco años.

Uno de esos días, el padre de las nenas aceptó hablar con la prensa. “Desde chicas tenían problemas. No caminaban hasta que tenían 4 ó 5 años (…) Con el tiempo, empezaron a caminar solas. No son enfermas, pero lo que pasa es que no crecen”, dijo. Y negó haberlas maltratado.

La Justicia no le creyó y las nenas siguieron el camino de la adopción, aunque separadas. “Yo las seguí visitando unos dos años en el hogar donde estaban. Después, a las menores les perdí el rastro. La mayor se terminó escapando y se volvió a vivir con la madre”, recuerda Luisa. “El chico vivió conmigo hasta los 15 años, cuando murió el padre y la mamá se lo llevó”.

La historia se fue diluyendo en la memoria de todos, menos de la maestra. Pasados cinco años de aquel primer encuentro, ella decidió que sus horas rurales habían terminado. “Mi hijo se contagió sarna”, explica.

En 2005, sin embargo, alguien la sacó del olvido. Fue el científico y músico Alberto Rojo, quien se encontró con unos recortes y escribió una chacarera, “Las niñas viejas de Mala Mala”, que dice: “El padre en un cajoncito/ Las metía por escarmiento / Y al sufrir de tanto encierro / se les paro el crecimiento”.

Rojo habló de su composición en una nota con La Gaceta y un hombre de Tafí del Valle reconoció en sus palabras a una de sus vecinas, que trabajaba vendiendo diarios. Fue y le leyó la nota, ya que no sabía leer. Ella también se reconoció: era María Marta, la mayor de las “niñas viejas”. “Cuando se emborrachaba, mi padre nos castigaba metiéndonos en cajas de madera”, confirmó la mujer.

El misterio se había resuelto. Luisa cuenta que la siguió viendo por aquellos días y luego les perdió el rastro. Ahora, la directora -ya de 77 años- acaba de publicar un libro con sus memorias. “Lloré mientras escribía”, dice.

Los años de andar a caballo le destrozaron la columna. Pero lo que más le duele es que su querida Escuela 324 siga tan inaccesible como en su época, ya que no se han construido caminos. Y que los docentes sigan tan solos como se sentía ella. “El esfuerzo es grande, hace frío y hay que comer lo que hay cuando se puede, cuando llega.Hay que amoldarse a lo que hay. A los maestros nadie los asiste”, concluye.

[ad_2]

Fuente

COMPARTÍ ESTA INFO CON TUS AMIGOS