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Desde hace once días asistimos a la forma más pura del “relato”, en la que no existe referencia real de aquello sobre lo que se habla. Un submarino que, por la naturaleza del accidente que sufrió, nunca nadie pudo ver desde el inicio de esta historia. Se sabe, en base a los comunicados oficiales, que hubo un desperfecto en las baterías, pero que pronto logró ser solucionado. La decisión fue entonces que los 44 tripulantes volvieran a sumergirse, aunque haciendo el camino más corto posible a Mar del Plata. Sin embargo, poco después el ARA San Juan perdió todo contacto con tierra firme. El vocero de la Armada afirmó en las últimas horas que está “esperanzado y desesperanzado”, muestra cabal de que cualquiera de las opciones resulta posible cuando el objeto detrás del cual está el mundo sigue sin aparecer.

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La detección de un ruido compatible con una explosión en la derrota del submarino es hasta ahora la huella más clara. Esa “anomalía hidroacústica” que se confirmó el miércoles pasado ocurrió el 15 de noviembre. Es decir que desde ese momento no volvió a haber señales de la nave argentina.

“El todo que surca la nada”, además de una pequeña novela, es la frase para sintetizar, al menos hasta ahora, el inédito operativo internacional que se despliega en el Atlántico Sur, desde el puerto de Comodoro Rivadavia. Unas 4.000 personas movilizándose en barcos, aviones y hasta buques recortados y vueltos a soldar para hacer entrar un submarino de rescate que llegue a 600 metros de profundidad.

Pero mientras esto ocurre, y el presidente Mauricio Macri les ha dicho a los familiares de los tripulantes que el submarino partió en perfectas condiciones, empiezan a aflorar bajo el relato sospechas de algo oscuro, algo que habría ocurrido durante el gobierno anterior y que no habría sido revisado por el actual.

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Emerge así, entre los pliegues del relato, otra familia de palabras asociadas con un posible hecho de corrupción en la reparación de media vida del ARA San Juan: baterías sin garantía, contrataciones poco transparentes, causas archivadas y auditorías no atendidas. Mientras la fuerza de la versión estatal se va debilitando y corriendo del centro cuando transcurre el tiempo sin noticias de los 44, nuevas voces se animan a deslizar un “Cromañón del agua”, el fantasma de que la corrupción haya vuelto a matar. Por ahora es sólo un contrarrelato, pero amenaza con incomodar.

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