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Para poder sonreír como lo hace ahora, con la boca ancha y blanca, Lía Costantino tuvo que aprender a llorar. Durante un año mantuvo sus ojos nublados con lágrimas secas. El shock, el maldito shock que le había dejado la selva, no la dejaba llorar ni la muerte de su marido, el hombre que había conocido en la secundaria y con el que compartió casi toda su vida.

El la había entusiasmado ese verano para ir de vacaciones a Jujuy a conocer la selva de yungas. Y él la había alentado también a salir a buscar ayuda cuando los dos cayeron por ese barranco de 100 metros: como traumatólogo, sabía que el dolor que sentía en su espalda era mucho más que un simple golpe.

Rescate. Así la encontraron a Lía en Parque Nacional Calilegua. Estaba en shock, casi congelada y deshidratada.

Ella debía seguir sola. Le dio un beso de despedida y empezó a arrastrar sus borceguíes entre espinas y helechos. El cuerpo le crujía por dentro, tenía calor, sed, rabia, angustia y una costilla rota. A las dos horas ya no podía distinguir una planta de otra. Todas eran iguales. Se había perdido.

La encontraron siete días después, bajo la piedra que había sido su refugio y podría haber sido su tumba.

Sus hijas no quieren que Lía hable de aquella pesadilla que vivió hace casi 4 años, por si vuelven a visitarla los fantasmas. Tampoco lo aconseja su psicóloga. Pero la llegada de otra Navidad sin Mario le ablanda el alma. Y dice que es tiempo de agradecer a los que la ayudaron y también de preguntarse qué falló en el operativo de su larga búsqueda.

Día 1: Bosque del cielo

A Lía le hubiese gustado estar en una playa del Caribe, pero está acá, en una posada sencilla de Ledesma para darle el gusto a su marido que siempre quiere conocer destinos nuevos, como el Parque Nacional Calilegua. El viaje comienza en Purmamarca y el 20 de enero de 2014 llegan a este pueblito perdido en el mapa norteño. A la mañana siguiente desayunan y parten en un Renault Clio alquilado al parque con la intención de regresar a la tarde. Estacionan frente a la casa del guardaparque y dejan en el auto las mochilas, las botellas de agua y los celulares para subir sin peso. Sólo llevan la cámara de fotos.

Al límite. Lía se alimentó durante los siete días que estuvo perdida con pétalos de flores, frutillas silvestres, un cascarudo y agua de un arroyo.

Ingresan por un sendero en busca del Bosque del cielo, que según indicaba un cartelito es de “dificultad baja”. Pero después de andar una hora hacia el sitio más alto se desorientan y deciden bajar por el otro lado, una zona de barrancos con vegetación tupida. Al mediodía llegan a un arroyo. Mario se molesta porque no entiende cómo él, que nunca se había perdido en ningún lado, no logra ubicarse. Lía se sube a un árbol para intentar buscar desde la altura alguna referencia. Pero nada, ningún turista, ningún cartel.

Deciden volver a subir. Lía va adelante y por algún movimiento que no sabe explicar (tal vez alguna piedra que se desliza o un resbalón) comienzan a rodar los dos barranca abajo. Quedan tirados a tres metros uno del otro. Mario tiene una oreja partida, pierde sangre y se queja de un fuerte dolor en la espalda.

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“Mirá qué vacaciones te estoy haciendo pasar”, le dice él. Y ella le pide que no se mueva y emprende la marcha. Una marcha que arranca esa tarde con un calor húmedo insoportable y que sería interminable.

A la tarde afloja el calor y aparecen los tábanos. No quiere alejarse del arroyo, que ya le había aflojado la sed durante su caminata errante. Corta unas ramas de hojas grandes, como ásperas, y prepara la que esa noche sería su cama. El cielo estrellado la entolda.

Día 2: La compañía de Wilson

Una musculosa celeste, un short de jean y un reloj plateado será todo el equipaje que llevará encima ese y el resto de los días en la selva. Ni bien amanece, se propone atravesar cascadas y senderos imposibles. Camina 12 horas, en las que sólo se detiene para tomar agua.