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Por Fausto Spotorno.-

A la economía argentina le está costando crecer. Los años del viento de cola quedaron atrás y los desaprovechamos olímpicamente. Pero no sólo eso, en esos años se fueron estableciendo condiciones incompatibles con el crecimiento de la economía y de empleo a largo plazo. El enorme tamaño del Estado junto a un exceso de regulaciones a todo nivel, nacional, provincial, municipal, fueron atrofiando la capacidad de crecimiento del sector privado, distorsionando la inversión (o directamente desincentivándola) y castigando la productividad. Algunas de estas distorsiones, han sido o están siendo levantadas (cepo, tarifas, retenciones, etc.). Pero aún queda muchísimo camino por recorrer. ¡Muchísimo! Por ello, la economía argentina entra en recesión muy fácilmente y cuando llega la recuperación, viene con “sabor a poco”.

Durante una década, Argentina perjudicó y distorsionó la inversión productiva. De hecho, la inversión reproductiva del sector privado (inversión privada, excluyendo inmuebles residenciales y otros activos que no generan nuevos bienes) pasó de ser US$20 mil millones en 1998 a sólo US$5 mil millones en 2015. También la presión tributaria aumentó cerca de 10 puntos del PIB y lo mismo sucedió con la casi enfermiza compulsión regulatoria del Estado. De hecho, en el ranking que mide la facilidad para hacer negocios del Banco Mundial coloca a la Argentina en el puesto 117 de 190. Naturalmente, ello resulta una mejora desde el puesto 124 que teníamos en 2015. Pero claramente, sigue siendo muy difícil hacer negocios en Argentina y sin negocios no hay inversiones y no hay empleos.

Todo ello, limita severamente la capacidad de crecimiento potencial de la economía. A esto se le suman una serie de shocks que impactaron severamente al PIB de este año. En primer lugar, el fenómeno de la La Niña causó una sequía mucho mayor a la esperada. Este hecho tuvo un costo de 2 puntos del PIB entre los impactos directos y semidirectos (crushing, agroquímicos, transporte, maquinaria agrícola, etc.), en lugar del medio punto que se esperaba. En segundo lugar, las altas tasas de interés y la fuga de capitales, también perjudicaron a la economía y, según estimamos, podrían haber tenido un costo de entre 1,5 y 2 puntos del PIB.

De hecho, las últimas 2 subas de la tasa de interés de corto plazo (2014 y 2016) fueron seguidas por una caída de la actividad económica de entre 0,8 y 1,2 puntos por cada 5 puntos de aumento de la tasa. Todo ello explica por qué en el 2018 pasamos de una hipótesis de crecimiento del orden de 2,5% a la idea de una recesión, con una caída del PIB de al menos 1%.

Para el próximo año, esperamos que estos factores se reviertan en gran medida. Especialmente a partir del segundo trimestre. Solamente, la ausencia de La Niña como factor climático permitiría lograr una recuperación de 2 puntos del PIB. Por otra parte, en la medida que el mercado de capitales alcance un nuevo equilibrio con un tipo de cambio más alto y una menor entrada de capitales, las tasas de interés irán bajando, tanto en términos reales como nominales. En este contexto, esperamos que el PIB muestre una suba del orden de 3% o un poco más para el año que viene.

Esa mejora, seguramente implicará cierta recuperación del salario real, del empleo y de la inversión. No obstante, con una mirada de más largo plazo, debemos tener en cuenta que el mundo crece a una tasa promedio del orden del 3% anual y nuestra economía no está alcanzando esa cifra, sólo lo hace en algunos años buenos. Eso significa que lentamente nos empobrecemos con relación al resto del mundo. Por ello es fundamental, pensar en bajar impuestos y desregular fuertemente toda la economía y a todo nivel de gobierno. Porque no sólo debemos enfocarnos en cuándo acabará esta recesión, sino cuándo empezaremos a crecer y a desarrollarnos seriamente.

* Director del Centro de Estudios Económicos de OJF

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