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“Era como el Coliseo romano”. Así se refiere Matías a los días de principios del 2000 en la cárcel de Devoto, cuando los presos de 12 pabellones bajaban al patio a partir de las 14 horas, todos juntos. No había un solo día sin peleas.

Una de esas tardes, un grupo de tres uruguayos miró a otro grupo de tres, del barrio Fonavi, un complejo de departamentos ubicado a metros del cementerio de Flores.

“¿Qué les pasa, giles?”, gritó uno de los porteños, caja de Cindor en mano. “¡Ustedes sigan tomando la chocolatada!”, fue la respuesta de los orientales.

Segundos después arrancaba un nuevo enfrentamiento entre presos. A priori, parecía uno más. Pero no. Marcaría un antes y un después en las cárceles federales del país.

Los cientos de presos espectadores, testigos y árbitros de la pelea dieron como ganadores a los pibes del Fonavi, que eran muy jóvenes comparados a sus rivales. Tenían entre 21 y 24 años. Esa tarde nació “La banda de La Chocolatada”.

Con similitudes y diferencias propias de la ficción, la historia de “La Chocolatada” tiene su correlato en la serie carcelaria “El Marginal”. La banda conocida como la “Sub 21”, integrada por presos jóvenes, controla el patio de la prisión y también se enfrenta con los “pesados” del penal.

Lo líderes de la "Sub 21", los encargados de controlar el patio de la cárcel en "El Marginal"

Lo líderes de la “Sub 21”, los encargados de controlar el patio de la cárcel en “El Marginal”

En ese patio, y con el apoyo de la “Sub 21”, construye su poder el personaje protagonizado por Juan Minujín durante la primera temporada de la serie. Y es allí donde “tiran” a los Borges en el inicio de la segunda. Sobrevivir en ese lugar no es una misión fácil.

En la vida carcelaria real, “La Chocolatada” trajo más de un dolor de cabeza. “Los pibes en la calle eran chorros; robaban bancos y hacían plata”, explica un ex interno, que cumplió condenas por robo en Marcos Paz, Ezeiza y Devoto. Aunque aclara: “Pero adentro de la cárcel eran los más antichorros”.

En la jerga, se le dice “antichorro” al preso que le roba a otro preso. Los miembros de “La Chocolatada” no fueron los pioneros en asaltar a compañeros de encierro. Por lo general, los que ingresaban por violaciones, abusos o venta de estupefacientes, siempre fueron presa de los que estaban por grandes robos.

Pero “La Chocolatada”, que nació con tres miembros y alcanzaría a tener un ejército de 300 detenidos, cambió la lógica de las prisiones: robaban hasta a los ladrones de bancos.

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“Antes, ingresaba un ladrón de nombre y los presos lo recibían bien: le preparaban mate, le preguntan qué quería comer, le ofrecían tarjetas para llamar a su casa, le asignaban una cama. ‘La Chocolatada’ rompió ese código. Robaban a cualquiera, hasta a los que se tiroteaban con la Policía. Y si ese preso quería pelearles, lo golpeaban y lo saqueaban entre varios”, recuerda otro ex detenido, con más de 20 años de cárcel.

Sus tres fundadores fueron trasladados al Módulo 3 de la cárcel de Ezeiza, históricamente uno de los sectores más conflictivos de las cárceles argentinas. Allí se encontraron con otros compañeros del barrio. Y comenzaron con sus nuevos códigos.

“¡Pero yo en la calle ando robando! No llegué acá por un teléfono celular”, gritaban los presos recién ingresados, sin entender que un detenido quiera quedarse con las zapatillas de un ladrón respetado. “¿Y cuál hay? ¡Nosotros también andamos robando bien en la calle”, respondían los de “La Chocolatada”.

Con los meses, sumaron a sus cómplices de otros barrios del sur porteño, con los que habían robado estando en libertad. Ingresaban a Ezeiza y los recibían. Sus conocidos, que estaban en otros penales, comenzaron con la misma política. Se comunicaban por los teléfonos públicos de cada prisión. Así, se expandieron a las unidades de Rawson (Planta 11), Neuquén (Plantas 5 y 8), Chaco (Plantas 1, 2 y 3) y Devoto (Planta 2, pabellones 6, 7 y 8).

Algunos de ellos se tatuaban la cajita de Cindor, la de la vieja publicidad de “La caja vengadora”.

“La base éramos 32 pibes del Fonavi”, aclara Matías, desde una prisión federal. “Y contando los soldados y los que nos hacían la limpieza, terminamos siendo más de 300”.

“Se trataba de un grupo de presos con complejo de inferioridad”, opina el ex detenido, que durante sus 20 años de condena se dedicó a estudiar Sociología. “Eran jóvenes, estaban por robos de menor escala pero no tenían problemas en pelear a facazos con el que sea. Y un día se cansaron de que mandaran los viejos, que estaban ahí por bancos o robos de blindados. Ellos eran porteños, y los veteranos del Conurbano. Eran antagónicos en todo sentido. Fue una revolución. Se levantó uno y se levantaron todos. Los grandes sembraban valores, respetaban a todos. Y los pibes, no. El código de ‘La Chocolatada’ era no tener códigos”.

El enfrentamiento entre Borges y la "Sub 21", en un capítulo de la primera temporada de "El Marginal".

El enfrentamiento entre Borges y la “Sub 21”, en un capítulo de la primera temporada de “El Marginal”.

En esa lógica, en ese nuevo estilo de vida en la cárcel, robar a los veteranos no era la única nueva política de los jóvenes. A los que ingresaban, también los reducían y los llevaban al teléfono público del pabellón. Los hacían llamar a sus casas y hablaban con sus familiares: les exigían tarjetas telefónicas o dinero en efectivo a entregar en alguna esquina (a sus compañeros que estaban en libertad) acordada a cambio de no asesinar a su ser querido. Además, les quitaban los alimentos y la ropa que recibían en las visitas.

Hay una leyenda que dice que Hugo “La Garza” Sosa, líder de la súper banda que asaltó blindados y bancos entre fines de los 80 y comienzos de los 90, intentó ingresar al pabellón A del Módulo 3 de Ezeiza, el sector de “La Chocolatada”: “Acá los viejos no entran. Que se vaya a otro sector”, le respondieron.

Con “El Narigón Víctor”, de la misma banda, también tuvieron problemas. Fue en la cárcel de Devoto. “El Beto” Alegre, líder de “La Chocolatada”, lo invitó a pelear. En el ambiente del hampa se dice que Víctor habría recibido decenas de puñaladas, y que sería trasladado a un hospital, donde sus compañeros lo rescatarían.

Esos mismos compañeros se acercaron una tarde hasta Nogoyá al 4900, frente a los pabellones de la planta 2 de la cárcel de Devoto. “¡Betooooo, Betoooo”, gritaron desde la vereda, hacia las ventanas.

“Beto” Alegre no se animó a colgarse de alguna de las ventanas, como hacían tantos presos cuando afuera estaban sus familiares. El mundo carcelario jura que los hombres de la súper banda llevaban un fusil en una camioneta. Y que estaban dispuestos a disparar.

Muerte, decadencia y venganzas

En un momento, el Servicio Penitenciario Federal tuvo que montar operativos para no cruzar a “La Chocolatada” con otros presos. Salían al patio en horarios distintos, y recibían a las visitas en otros lugares.

“La Chocolatada es la prehistoria del mundo actual de las cárceles federales. Nació a fines del siglo pasado y en 2003 comenzó a decaer”, detalla un penitenciario. “Destruyeron el paradigma del ‘poronga’ clásico del pabellón. Antes de ellos, los pibes subían del instituto de menores y no mandaban. Ellos cambiaron la ecuación. Crecieron porque el Estado nunca controló las cárceles. Su líder, que había sido detenido por robar una camioneta dedicada al reparto de pan, se transformó en el capo de una protobanda que nunca se terminó de formar. Si no, estaríamos hablando del PCC argentino”.

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Antes de ser “La Chocolatada”, el grupo de pibes que vivía en el barrio Fonavi tuvo un hecho histórico para ellos. Se subieron a un auto y cruzaron a una camioneta de la Secretaría de la Niñez (SENAF) que trasladaba a dos de sus miembros hacia el instituto de menores Manuel Rocca, en Floresta. Los apuntaron y los rescataron.

Se dedicaban a los robos a mano armada (de autos, comercios). Gastaban sus botines en las discotecas Metrópolis (Palermo) y Coyote (San Miguel), ropa deportiva y cadenas de oro. Después de ser bautizados como “La Choco”, a la salida de la cárcel, se dedicaron a los robos de bancos con FAL y ametralladoras.

La Policía Federal los buscaba por 30 asaltos y el asesinato de dos policías. “Beto” Alegre moriría en un tiroteo contra la Policía en Mataderos, en octubre de 2003. Tenía 28 años y era buscado por una fuga de una comisaría de San Martín.

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Mientras la banda mantuvo su poder, el Servicio Penitenciario Federal amenazaba a los presos con enviarlos a los pabellones de “La Chocolatada”. “Ellos cosechaban maldad. Y en la cárcel todo vuelve: si cosechás maldad, vas a recibir maldad”, explica otro ex detenido.

Muchos miembros de “La Chocolatada”, ya disuelta desde hace más de una década, viven con problemas. “Vos lastimaste, robaste o humillaste a un compañero”, es lo que les dicen hasta el día de hoy, ni bien ingresan a un pabellón. Así murieron varios de sus miembros.

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