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Me hice hincha en esa cancha. Imagino que por entonces no tendría nombre, sería simplemente la cancha de Argentinos Juniors. Y me hice hincha de Argentinos por él.

Debe haber sido el caso de muchos, pero el mío particular es que mi papá era de River pero le gustaba el fútbol. Y le gustaba él. Y fuimos un domingo a La Paternal a ver al Argentinos de Maradona.

Era el viejo estadio de tablones y mi recuerdo es gente trepada en los árboles para ver jugar a Maradona. Al año se fue a Boca, después a Barcelona, después nos lleno de gloria en México 86 y así podríamos seguir.

A mi me había alcanzado una vez para hacerme enamorarme de Diego y, desoyendo la herencia familiar, hacerme hincha del Argentinos que no volvería a tener a Maradona. Y que por mucho tiempo tampoco tendía cancha propia.

Mucho tiempo después y ya como periodista me di el gusto de cubrir para Clarín la reinauguración del estadio en La Paternal. Era mi segunda visita a esa cancha. La primera vez supongo no tenía nombre. Ahora había sido bautizada. Ahora era el estadio Diego Armando Maradona.

Tan fuerte es el nombre de Diego que su nombre -valga la redundancia- es una marca. Por eso bienvenidos sean los recursos económicos con los que los actuales dirigentes están poniendo de pie a un club que Luis Segura (aquel heredero de Julio Grondona que vendía entradas en el hoteles de Brasil en el Mundial 2014) dejó al borde del abismo.

La marca Maradona tendría que rendir por si sola. No da para sumarle el nombre de una financiera… Pero que se quede tranquilo el hincha. Al margen del acuerdo comercial, a nadie se le ocurrirá decir nos vemos mañana en el “Autocrédito”.

Será por siempre el Diego Armando Maradona, el Templo del fútbol, la cuna del Semillero del Mundo. Porque la cancha, su cancha, tampoco se mancha.

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