El nuevo presidente brasileño muestra “desinterés” por el país, “alergia” hacia Mercosur y “falta de afinidad ideológica” con otros gobiernos sudamericanos, avanzando nuevamente hacia su aislamiento regional. Solo parece interesado en estrechar su relación con Estados Unidos.

 

Un artículo del diario español ABC analizó las primeras semanas de gobierno del nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, y concluye que “vuelve a llevar a Brasil a su histórico aislamiento regional, desenganchando de nuevo a este país del resto de Sudamérica y sin más interés que una estrecha relación con Estados Unidos”.

argumentarse que a Bolsonaro sí le preocupa Sudamérica cuando promueve el fin de la dictadura en Venezuela, pero al hablar de solución militar no lo hace buscando un consenso regional, sino para propiciar una intervención liderada por Estados Unidos.

 

El aislamiento en la región fue en realidad una constante histórica brasileña (separado por la Amazonía y el idioma, Brasil es un mundo en sí mismo), pero erigirse en socio privilegiado en Sudamérica de la Administración Trump remite directamente a la década de 1960 y 1970, cuando la dictadura militar brasileña quiso actuar como delegada del Washington de Henry Kissinger frente a los enemigos de la Guerra Fría.

 

En tanto, este miércoles el presidente de Brasil confirmó que el país se retiró del pacto de migraciones consensuado en el marco de las Naciones Unidas, tal como el nuevo equipo gobernante de ultraderecha había prometido antes de asumir el poder. “Brasil es soberano para decidir si acepta o no migrantes”, dijo el mandatario brasileño en un mensaje que publicó en su cuenta en Twitter.

“Quien por ventura venga para aquí deberá estar sujeto a nuestras leyes, reglas y costumbres, como también deberá cantar nuestro himno y respetar nuestra cultura”, continuó el excapitán del Ejército y diputado. “No cualquiera entra en nuestra casa, ni cualquiera entrará a Brasil a través de un pacto adoptado por terceros. No al Pacto Migratorio”, añadió.

 

 

Inserción en Sudamérica

En la década de 1990, acabada la dictadura militar en Brasil y en los países vecinos, los gobiernos brasileños buscaron una mayor interacción regional: en 1991 Brasilia y Buenos Aires terminaron sus rencillas nucleares, y ese mismo año entró en vigor Mercado Común del Sur (Mercosur), integrando a Argentina, Brasil, Uruguay y Paraguay.

La presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva fue más lejos y buscó el liderazgo regional. La creación de nuevas organizaciones continentales en las que Brasil pasaba a ser el principal país de referencia, como la CELAC (surgida en 2010 como entidad paralela a la OEA, pero sin la presencia de Estados Unidos ni Canadá) y Unasur (nacida en 2011 como foro para las naciones del subcontinente) fueron decisivas plataformas para la diplomacia brasileña.

 

Esa búsqueda de influencia en el vecindario americano, al tiempo que Brasil también crecía internacionalmente con la etiqueta de los BRICS, se construyó con la aquiescencia de muchos gobiernos latinoamericanos de izquierda, siguiendo los compromisos del llamado Foro de Sao Paulo.

 

Lula cimentó esa ascendencia sobre la camaradería ideológica con los gobiernos bolivarianos. Con Lula y Dilma Rousseff en Brasil y los Kichner en Argentina, Mercosur dejó de tener propósitos comerciales y de integración, para ser un foro político al que también quisieron sumarse Venezuela y Bolivia.

 

Esa diplomacia estuvo acompañada de otro tipo de penetración: los contratos millonarios que en muchos países consiguió la compañía de ingeniería y construcción brasileña Odebrecht, a base de sobornos, como luego hemos visto.

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