Todas las sombras de Siria… y del EE.UU. de Donald Trump

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Es de tal modo atroz y a la vez estratégicamente estúpido lo ocurrido en Siria con el ataque con armas químicas a pobladores civiles, que quienes defienden al régimen elevan esos desmadres como coartada concluyente de su presunta inocencia. En la guerra el sentido común no suele servir como justificación y suena a poco cuando por alguna razón aparece en el análisis. Aun así, se debe coincidir en que el ataque fue cruel y también estúpido; es cierto, pero no estúpido para todos.

Ese golpe que ahora enarbola EE.UU. para justificar su acción sin precedentes sobre el país árabe, se produjo en una aldea de la provincia de Idlib. El gas sarín, entre otros venenos que llovió sobre la gente, causó un centenar de muertos, 30 de ellos niños sofocados lentamente por el incendio de sus pulmones. Fue una operación militar al menos extraña que, desde la perspectiva del régimen y de sus aliados, difícilmente influiría a su favor en una guerra que hace tiempo lidera Damasco no por su mérito sino por la intervención de la potencia rusa.

Donald Trump y Bashar al Assad. Protagonistas. Reuters

Debido a esa presencia, las fuerzas regulares controlan ya el 80% del país. Así como se acerca el final del califato del ISIS, las otras fuerzas rebeldes y yihadistas han venido perdiendo músculo; entre ellos Al Nusra, la más fuerte de esa vanguardia, y también afecta al uso de armamentos químicos. En ese recorrido, el régimen acaba de recuperar totalmente Aleppo y son pocos los focos que aun pueden resistir con cierta expectativa de mediano plazo. La población de Khan Sheikhun, donde se produjo el ataque químico, está en manos de lo que queda de esas heterogéneas patrullas rebeldes que son cotidianamente machacadas por la fuerza aérea siria y la de Rusia. Era sólo cuestión de tiempo que sean eliminadas o rendidas.

Este ataque brutal contra civiles indefensos ha revertido el arenero y derrumbado en instantes todo lo que el autoritario mando de Bashar Al Assad venía logrando. El costo se ve en algunos datos concretos. Apenas horas antes de producirse ese episodio, Washington acababa de coincidir con Moscú respecto a la ausencia de la necesidad de remover al hombre fuerte sirio, al menos inmediatamente, en tanto que el principal objetivo seria el terrorismo. A partir de ahora, esa permanencia está en absoluta duda y será nuevamente condición para todo lo que siga.

Por lo tanto ¿por qué torpedear esas ventajas con un bombardeo químico que masacró a mujeres y niños de una manera tan atroz y a la vista del mundo? En ese sentido, como en los buenos policiales a la hora de descubrir el culpable, se reafirma el interrogante sobre a quién beneficia realmente este crimen. Toda la escena recuerda matices de la construcción para el ataque norteamericano en 2003 contra el dictador Saddam Hussein, de Irak. De ahí que aquella pregunta no solo la hacen con oportunismo los defensores del régimen sirio. También algunos de sus más duros críticos. El ex embajador británico en Damasco entre 2003 y 2006, Peter Ford, un experto en la región, comentó a Sky News que “esto no beneficia ni a Siria ni a Rusia”. Pero el ex diplomático tampoco elaboró una respuesta consistente sobre la razón de una brutalidad tan innecesaria. Especuló que pudo tratarse de un depósito en tierra con químicos de los yijadistas impactado por las bombas del régimen, que es el argumento un poco frívolo de sirios y rusos. Es sabido, sin embargo, que Al Nusra cuenta con capacidad para desarrollar esas armas, o que las posee en cantidad de mayoreo, según investigó el laureado periodista Seymour Hersh.

La embajadora de Trump en la ONU Nikki Haley con fotos del ataque quimico en Siria. AFP

El diario Haaretz, uno de los más serios de Israel, sostiene en cambio, que el ataque pudo ser realizado por el alto mando sirio aunque sin aviso previo a Rusia o Irán, el otro gran aliado de Damasco. Seria producto de un exceso de confianza alimentado en aquellos avances territoriales y para comunicar de este modo una advertencia implacable a los insurgentes que rompen el alto el fuego con el que Damasco pretende cerrar la beligerancia y declarar su victoria definitiva. The New York Times, a su vez, cita diversas fuentes que sostienen que fue una acción premeditada del gobierno sirio “para demostrar la impunidad del régimen y desmoralizar a sus enemigos”.

Lo cierto es que la más horrible crisis del mundo, con imágenes desgarradoras de niños pidiendo auxilio, aterrizó de un momento al otro en el umbral de la Casa Blanca. Y sucedió justo en momentos que casi se cumplen los primeros cien días en el poder de Donald Trump sin que nada haya sucedido como el magnate presidente había esperado desde su victoria en noviembre pasado. El mismo día que el gobierno se endurecía con Siria era relevado del Consejo de Seguridad Nacional, Steve Bannon, el supremacista y mano derecha del magnate, a quien el Presidente había elevado a ese estratégico plano apenas inaugurado su mandato. Ningún dirigente pierde aliados cuando no quiere hacerlo si no es por una cuestión de debilidad. No fue esa la única amargura de la jornada para el nobel presidente. Una encuesta de la Universidad Quinnipiac establecíó esa mañana que 6 de cada 10 estadounidenses desaprobaban su gestión, un récord para un recién llegado.

El ataque sobre Siria tuvo un efecto benéfico y restaurador sobre ese panorama gris. Revivió el liderazgo interno de Trump que solo venia sumando derrotas. Lo reconcilió con los medios que lo maltrataban con severidad, particularmente los más ligados al establishment descreídos de su palabra y de sus promesas. Y recuperó un apoyo limpio de los gobiernos europeos.

El dato de que Siria es un aliado carnal de Rusia es central en el análisis. El bombardeo con misiles le permite a Trump exhibir una distancia con Putin que contribuye a apagar, por el momento, las fuertes sospechas de una conclusión opaca entre los dos líderes. Pocas horas antes del bombardeo con misiles, se supo, justamente, que la CIA sabía desde hace más tiempo que el que había reconocido sobre los esfuerzos rusos para que el magnate llegara a la Casa Blanca. Antes de que las respuestas se amontonarán detrás del interrogante sobre esos lazos, Trump tenía que desembarazarse del problema y recuperar energía interna. Putin quizá debía conocer de esos esfuerzos y por ello, prudentemente, no utilizó sus modernos antimisiles SAM instalados en Siria. Moscú fue advertida sobre el ataque por Washington pero se quedó en silencio e inoperante aunque según versiones difundidas en Líbano e Irán los aviones de guerra fueron removidos a tiempo de la base. El daño fue mínimo. Esa es otra interesante paradoja a revisar mientras aun el polvo de este episodio sigue enturbiando el aire.

Presidente ruso Vladimir Putin. AP

Pero las cuestiones centrales van aún más allá de todo lo que pueda especularse. La acción militar norteamericana en Siria agrega un riesgo en un escenario explosivo. Trump se involucra en un pantano que rehuía y al cual se deslizará inevitablemente si a partir de ahora no hay un cambio en el liderazgo de Siria, como el ataque con misiles ha pretendido exponer y garantizar. ¿El próximo paso será otro golpe y otro más hasta que se concrete ese objetivo que ya no puede dejar de cumplirse? Para Rusia es un galimatías. La ofensiva del “amigo” norteamericano pone en cuestión el predominio del Kremlin en la parte en la que influye de Oriente Medio. Y no es necesario mayor esfuerzo para comprender que Putin no cederá fácilmente lo que ha ganado. El otro gran tema es el terrorismo. El ataque a Bashar al Assad fue celebrado por todas las bandas yihadistas que ayer nomás iniciaron su propia ofensiva. Perciben que ahora tienen un aliado mucho más decidido que el que los ha venido ayudando entre las sombras. Como advertía el noble Maquiavelo, de una guerra se sabe como entrar. Nunca como salir.w Copyright Clarín, 2017.

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