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Era el 3 de octubre de 2013. Un pobre barco repleto de inmigrantes se hundió cerca de Lampedusa, frente a las costas italianas. Nunca se supo la cantidad de muertos. Los desangelados no tienen ni siquiera derechos al morir. Con ellos se hacen matemáticas al azar. Se calculó que fueron más de 360 los que quedaron bajo el mar.
El mundo se horrorizó. Tarde. El reguero de desesperados que nunca vieron el nuevo futuro tras escapar de guerras, hambre y persecuciones, ya era inmenso.
Era el 11 de octubre de 2013. Otro barco miserable, repleto como para llenar tres barcos y no uno, estaba en la misma ruta que siguieron los que se ahogaron tan sólo ocho días antes. La barcaza empezó a llenarse de agua. Los 480 que viajaban y habían entregado todas sus pertenencias, su dinero y hasta sus zapatos para tener un lugar a bordo, sintieron que la muerte estaba golpeando.
Así viajan. Hacinados. Apretujados.De manera inhumana.
“Por favor, dense prisa, el agua está entrando. Nos mueven las olas, se lo juro, el agua está entrando, estamos en una auténtica emergencia. El barco se está hundiendo y el capitán se escapó“. El grito desesperado, vía radio, lo enviaba uno de los viajeros. Se trataba de Mohanad Jammo, médico sirio que estaba hacinado junto a sus 479 compañeros en medio del Mediterráneo.
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La llamada fue enviada a las 12.39 del mediodía. Fue bien dirigida. Al servicio de guardacostas italiano. El médico agregó otro mensaje: “Por favor, rápido, por favor, rápido. El bote se está hundiendo. Te lo juro, hay medio metro de agua en la barcaza”. No era un pedido de auxilio. Era una súplica.
Algunos de los que no fueron tragados por el mar. Llegaron a la costa, pero sin vida.
Desde el servicio de guardacostas italiano la respuesta no salía. Y cuando lo hizo, se notó que parecía que estaban viendo algo por televisión y se sintieron molestados: “Sí, recibido, pero tienes que llamar a Malta. Tienes que llamar a Malta”, contestó la operadora desde Roma tras pedir las coordenadas.
El médico sirio debe haber visto la realidad. Los italianos no se preocupaban por los 480. Entre ellos 68 bebés y niños. Por eso intentó nuevamente. Ya eran las 13.17. Preguntó si la patrulla de salvamento ya había partido. El servicio costero le dijo que no. Que debía llamar a Malta.
El barco estaba a 118 millas náuticas de Malta. Y a tan sólo 61 de Lampedusa. El barco maltés mas cercano a los náufragos estaba a 70 millas de distancia. El italiano a 20. A pesar que las aguas jurisdiccionales eran de Malta, hay una milenaria ley del mar que indica que debe ir a ayudar el que está más cerca.
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La tercera llamada del médico fue realizada a las 13.48: “Nos estamos muriendo, por favor”. El médico les dijo a los italianos que desde Malta le habían dicho que los iban a ayudar pero que se encontraban más cerca de Italia.
El Papa Francisco al visitar Lampedusa en 2013, días después de una tragedia que dejó más de 360 muertos. AP
La cuarta llamada, media hora después, deja en claro que los malteses ya habían enviado una patrulla, pero a su vez llamaron a los italianos para que hicieran lo mismo.
Una hora después hay una quinta llamada del médico. Los guardacostas malteses les dicen a los italianos: “El barco de ustedes es el más cercano, ¿entiendes? Tenemos un avión en la zona y ha visto la nave”. Los italianos no responden.
Ya eran casi las cinco de la tarde. A eso de las 17.30 el barco se había hundido. De los 480 pasajeros, 268 ya estaban ahogados. Entre ellos los 68 bebés y niños.
Víctimas de una de los naufragios en Lampedusa. Féretros sin nombre. Los pobres parecen no tener derechos. AFP
Hoy, el gobierno italiano, ante la divulgación de los hechos, dijo que la Justicia ya investigó el hecho y lo descartó, porque no hay ningún culpable. No sucedió nada ilegal.
El médico sirio, Mohanad Jammo, el que hizo las llamadas, fue rescatado junto a su esposa. Sus dos pequeños hijos murieron ahogados. Entregan hasta sus zapatos para encontrar una nueva vida. Y los dejan ahogarse sin darles la mínima esperanza.
Muchos no tienen nombre, edad ni origen. Son pobres. Escapan de guerras, persecuciones y el hambre. Y el mar se los traga. No sucedió nada ilegal. Caso cerrado. Son desangelados a los no les dieron ni siquiera la posibilidad de llegar a tierra. De saber, si para ellos, había una nueva vida. Murieron mirando el cielo. El único lugar que les dejaron.
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